viernes, 6 de febrero de 2026

Dios y el uso de nuestro dinero


Dios y el uso de nuestro dinero
Jueces 6.1-6

Uno de los aspectos más difíciles de nuestra vida de entregar a Dios es el uso de nuestro dinero. 

Cuando experimentamos un gran período de bendiciones materiales es fácil pensar que no necesitamos al Señor para nuestro éxito. En esos tiempos, Dios puede llamar nuestra atención de una manera dolorosa.

Vemos esto en el pasaje de hoy. El pueblo de Israel se había vuelto rebelde y se alejó de Dios. Por lo tanto, llamó su atención al darles donde sabía que lo sentirían: en el sustento de la nación. 

Específicamente, permitió que naciones hostiles arruinaran por completo sus cultivos durante siete años. Esta agresión casi destruyó su modo de vida.

¿Cuál fue el resultado? Jueces 6.6 dice que “los hijos de Israel clamaron a Jehová”. Es decir, se volvieron a Dios y le suplicaron que su relación con Él fuera restaurada. 

¿Qué provocó este arrepentimiento? La intervención directa del Señor y la paralización de su economía, pues fueron recordatorios de que dependían de Él.

A lo largo de los años, he hablado con muchas personas que han pasado por una experiencia similar. Dios les concedió un gran éxito, pero luego se alejaron de Él.

Entonces eliminó el obstáculo: el dinero que tenían. Y a menudo, el resultado fue una pasión renovada por conocer a Dios.

Recuerde que nuestro Señor es un Dios celoso (Ex 20.5-6). Él no permitirá que ni siquiera las bendiciones que da le alejen de Él. Considere en oración sus prioridades. Pídale a Dios que gobierne sus bienes materiales, y le dé sabiduría para administrar su dinero con humildad.

Las consecuencias de un mal consejo


Las consecuencias de un mal consejo
Génesis 16

Cuando enfrentamos situaciones difíciles es natural acudir a familiares y amigos en busca de ayuda. A veces, sus palabras amables y alentadoras pueden ser el catalizador que nos dirija al Señor. Sin embargo, siempre debemos examinar los consejos que recibimos. Aunque el consejo esté motivado por el amor y parezca bueno, si no coincide con la Palabra de Dios, debemos ignorarlo con gentileza.

En Génesis 16, Sarai enfrentó una situación difícil. Aunque el Señor le había prometido un hijo a Abram, ambos estaban envejeciendo, y Sarai no había podido concebir. 

Como era estéril, se impacientó y sugirió a Abram que tuviera un hijo por medio de su criada Agar.

En vez de esperar y confiar en Dios, Sarai trató de cumplir la promesa divina a su manera. Abram decidió seguir el consejo de su esposa sin buscar la dirección del Señor. 

Después de todo, parecía tener sentido porque Dios le había prometido un hijo (Génesis 15.4) pero no había mencionado de manera específica a Sarai (véase Génesis 18.14). 

Sin embargo, la imprudente decisión de Abram de no esperar ni confiar en Dios, provocó tensiones y circunstancias difíciles.

Al igual que Abram, tendemos a prestar atención a los consejos que queremos escuchar. 

Sin embargo, cuando consultamos a nuestros seres queridos para obtener ayuda con decisiones trascendentales, es importante distinguir entre nuestros deseos carnales y la verdad bíblica. El consejo sabio siempre está acorde con la Palabra de Dios y nos señala los deseos y caminos de Dios.

La próxima vez que busque una opinión de amigos o familiares, recuerde que ningún ser humano conoce todos los factores invisibles. Por lo tanto, siempre es mejor confiar en la Biblia y la sabiduría de Dios.


jueves, 5 de febrero de 2026

Nuestras recompensas eternas


Nuestras recompensas eternas
Apocalipsis 4.9-11

A lo largo de la Biblia, encontramos referencias a coronas. Echemos un vistazo a cómo revelan ellas las recompensas eternas de amar a Jesucristo y seguirle con obediencia.

• La corona de victoria. Para terminar bien la vida, los creyentes necesitamos resistencia olímpica. Los atletas en esos antiguos juegos eran coronados con una guirnalda perecedera de hojas de laurel. Pero cuando nos concentramos en nuestro ministerio dado por Dios y triunfamos sobre el pecado, se nos dará una corona imperecedera (1 Co 9.25-27).

• La corona de regocijo. Cualquier creyente a quien ministramos por el poder de Jesucristo será “nuestra gloria y gozo” ante el Señor (1 Ts 2.18-20). Solo imagine cómo se regocijará en el cielo al ver y hablar con las personas por las que se preocupó, que aprecian su inversión espiritual en ellas.

• La corona de justicia. Seguir a Cristo no es fácil, pero hay una gran recompensa por vivir con rectitud ante la tentación o las dificultades. Los creyentes que procuran la vida de santidad pueden esperar lo que ha de venir y encontrarse con Dios con una conciencia limpia (2 Ti 4.6-8).

• La corona de la vida. La angustia y el dolor son inevitables en esta vida, pero podemos animarnos porque en la adversidad se logra mucho crecimiento espiritual. Soporte con paciencia para recibir la corona de vida que el Señor prometió a los que le aman (Stg 1.12).

¿Qué haremos en el cielo con las coronas que Dios nos ha dado? Las colocaremos a los pies del Señor como tributo a Aquel que nos salvó, nos dio dones, nos capacitó y vivió en nosotros (Ap 4.10). Todo lo bueno y justo nos llega a través del Señor, y por eso merece nuestras coronas.

Un fundamento de valor


Un fundamento de valor
Mateo 7.24-27

El director de un seminario comentó una vez que construir algo que valga la pena requiere un fundamento firme. Por eso, un gallinero no necesita mucha base, pero a un edificio de oficinas de gran altura hay que erigirlo sobre toneladas de acero y concreto.

Lo más valioso que usted puede construir es su vida, que podría compararse a un rascacielos. Ningún fundamento es más fuerte o más firme que Jesucristo; por tanto, para construir de una manera sabia, usted debe...

• Poner en práctica la Palabra de Dios. Los creyentes construyen una estructura bíblica duradera mediante el estudio y la aplicación de la Palabra de Dios. Los principios y los mandamientos del Señor son el plano para una vida abundante.

• Dar con sacrificio, perdonar de buena gana y amar sin medida (Hch 2.45; Ef 4.32; 1 P 1.22). El orgullo y el egoísmo no tienen cabida en esta edificación. El uso de estos como materiales de construcción da como resultado una choza que se tambalea, y que es susceptible al fuego.

• Usar sus dones para glorificar a Dios. El Espíritu Santo ha equipado a cada creyente para servir al Señor. Necesitamos utilizar nuestro tiempo en esta Tierra con valentía, glorificando a nuestro Padre con nuestros talentos y recursos.

• Compartir el evangelio. Hablar a otros de Jesucristo es el servicio más grande que podemos ofrecer a Dios y a nuestros semejantes. El Señor mismo nos ha llamado a esta tarea (Mt 28.19).

Los constructores del reino no crean monumentos para el placer del mundo. Más bien, levantan rascacielos espirituales que reflejan la gloria de Dios. La verdad es que muchos actos de obediencia son vistos solo por el Señor, pero Él recuerda y recompensa cada palabra y acción llena de gracia.

Todo cristiano es recompensado


Todo cristiano es recompensado
1 Corintios 3.5-15

Las Sagradas Escrituras son muy claras acerca del hecho de que a los creyentes que obedecen y dan gloria a Dios les esperan beneficios maravillosos. 

En el Salmo 19, David escribió que hay una gran recompensa en guardar los preceptos del Señor (Salmo 19.11). Es más, la promesa de los dones celestiales viene directamente de la boca de Jesucristo en el Sermón del monte. (Véase Mateo 5.12).

Lea el pasaje de hoy, y observe la afirmación del apóstol Pablo de que él y Apolos recibirían recompensas por su servicio a los corintios (1 Corintios 3.8). Dios no ofrece premios grupales ni reserva tesoros solo para aquellos que trabajan en el ministerio. 

Todos somos ministros del evangelio, cuyas buenas obras almacenan tesoros en el cielo. Dios ve nuestras decisiones y acciones guiadas por el Espíritu como dignas de recompensa. Es posible que usted no se sienta importante o esencial en este mundo inmenso, pero todas sus acciones y palabras son importantes para Dios.

Lo que motiva nuestras acciones también es importante; a veces las buenas obras se realizan por razones equivocadas. 

Por ejemplo, Cristo reveló que algunos líderes religiosos estaban ayunando para llamar la atención, no para agradar a Dios (Mt 6.16). Cuando una persona busca agradar a los hombres, la adulación de ellos es la única recompensa. Aunque esto puede hacernos sentir bien por un tiempo, la adulación no es eterna.

Algún día todos derramaremos lágrimas por los actos de justicia que descuidamos o por el trabajo que hicimos para nuestra gloria personal. Nos daremos cuenta de cuánto más podríamos haber hecho por el Señor. Pero entonces Él secará nuestras lágrimas y nos hará nuevos, como lo prometió (Ap 21.4-5).


Cómo ponerle límites a la tentación

Cómo ponerle límites a la tentación
2 Timoteo 2.20-22

¿Batalla usted con algún pecado que odia y ama al mismo tiempo? En realidad quiere vencerlo, pero tan pronto como es tentado, el placer que espera borrará su fuerza de voluntad. Estas tentaciones de amor y odio son las que nos causan la mayor lucha, pero a veces parte del problema es nuestra falta de límites.

Aunque nunca dejaremos de ser tentados por completo, podemos tomar medidas para protegernos; es decir, podemos establecer prácticas y límites para  evitar ir en dirección al peligro. 

Cuando las Sagradas Escrituras tratan este tema, presentan dos instrucciones contrastantes.

• Huir de las pasiones y seguir la justicia, la fe, el amor y la paz (2 Ti 2.22). El objetivo no es solo resistir la tentación, sino moverse lo más lejos posible en la dirección opuesta, hacia el comportamiento piadoso.

• Someterse a Dios y resistir al diablo (Stg 4.7). Tratar de resistir la tentación es inútil, a menos que primero nos comprometamos a vivir con obediencia ante Dios. 
Con la sumisión viene el poder para resistir.

• No conformarse al mundo, sino ser transformados por la renovación de la mente (Ro 12.2). Si nos llenamos la cabeza con las ideas y prioridades del mundo, seremos blancos fáciles para la tentación. Pero Efesios 6.17 llama a la Palabra de Dios nuestra “espada del Espíritu”, un arma que podemos utilizar para defendernos de los ataques del enemigo.

Dios nos mostró los límites detrás de los cuales estamos a salvo. 

Él ha advertido que si jugamos con nuestros antojos y nos colocamos en el camino de la tentación, caeremos. Acérquese a Dios (Stg 4.8) y la protección de su Palabra, sabiduría y poder.