martes, 30 de enero de 2024

Disciplinas necesarias para andar por fe

 


Disciplinas necesarias para andar por fe

Génesis 12.10-20

Aprender a andar por fe requiere tiempo. Como hemos visto, Abraham escuchó a Dios y le obedeció. Después, con el tiempo, aprendió a dominar otras
disciplinas.

Dependencia. La vida cristiana es de confianza en Dios. Abraham entendía en quién podía confiar para encontrar respuesta a sus necesidades: Dios conocía perfectamente el plan, y tenía todos los recursos necesarios para cumplir su voluntad por medio de Abraham.

Esperar en Dios. Esta puede ser una de las disciplinas más difíciles de dominar. La Biblia afirma que incluso a Abraham, al gran hombre de fe, se le dificultó. Aunque nuestra naturaleza humana quiere acción, el Señor a menudo le pide a su pueblo que se detenga (2 Cr 20.17). Él quiere que le dejemos actuar primero. A nosotros nos corresponde meditar en la Palabra, escuchar la voz de Dios y esperar hasta que Él nos ordene actuar. El Señor, mientras tanto, promete bendecir a quienes esperan (Is 64.4).

La confesión. Abraham no era perfecto. Cuando el hambre amenazaba, se dirigió a Egipto, no a Dios. Después mintió, lo que causó problemas a otros. Más tarde, a Sara le resultó difícil esperar la llegada del hijo prometido, por lo que ella y Abraham tomaron el asunto en sus propias manos (Gn 16.1-3).

Nosotros también tropezaremos, pero si nos volvemos al Señor en arrepentimiento, recibiremos perdón y podremos volver a caminar por fe.

Dios sabe que somos imperfectos. Él nos enseñará con paciencia, una y otra vez, las lecciones del caminar por fe, hasta que aprendamos a confiar en Él. Solo debemos tener corazones y espíritus receptivos a su enseñanza.

Una fe salvadora

 


Una fe salvadora

Mateo 7.13-29

Lo peor que puede sucederle a una persona es pensar que fue salva, solo para descubrir después de la muerte que no es así. A todos nos gustaría creer que son ciertas las aseveraciones de quienes aseguran ser cristianos, pero Jesús hace una dura advertencia porque sabe que muchos serán engañados. Se sentarán en la iglesia semana tras semana, asegurando que Jesús es el Hijo de Dios, pero sin nunca involucrarse en una relación personal con Él.

Fe intelectual no es lo mismo que fe salvadora. No es suficiente creer que Jesús murió y resucitó.

Hasta los demonios creen eso (Stg 2.19). La salvación implica más que conocimiento: requiere confiar en que Jesús pagó el castigo por nuestros pecados, recibir su perdón, dejar el pecado y establecer una relación con Él.

Lo que importa no es lo que digamos con la boca, sino lo que sintamos de verdad en nuestro corazón.

Aunque usted probablemente no entenderá todo lo que sucede en el momento de la salvación, cuando Cristo se convierte en su Salvador, se vuelve también su Señor. Como el Dueño de su vida, Él tiene el derecho de gobernar lo que usted haga. Su Espíritu Santo hace morada en usted cuando es salvo, lo que significa que tendrá un cambio. Él trabaja todo el tiempo para eliminar las acciones y actitudes pecaminosas, sustituyéndolas por su fruto espiritual (Ga 5.22-23).

Reconocemos que una persona es salva, no por sus palabras, sino por su fruto. Si usted es verdaderamente salvo, su carácter será más semejante al de Cristo con el paso del tiempo.

Esto no significa que nunca más pecará o fallará, sino que los pasos que dé serán pasos de obediencia.

Una defensa contra la tentación

 


Una defensa contra la tentación

1 Corintios 10.1-13

Experimentar la tentación es universal e inevitable. Uno no puede esconderse, ya que no hay ningún ambiente libre de su atracción. Nunca se puede eliminar por completo la tentación, porque dondequiera que tratemos de escapar, la “carne” siempre nos acompaña.

Sin embargo, ceder a la tentación es opcional.

El Señor ha prometido dar una vía de escape o limitar la intensidad de la tentación para que uno pueda soportarla (1 Co 10.13). A veces, eso significa una eliminación literal del deseo al tomar la sabia decisión de huir de la situación. En otras ocasiones, la circunstancia se mantiene, pero Dios nos dará todo lo que sea necesario para que podamos soportarla sin ceder. Dios no es la fuente de la tentación, pero sí la permite para madurar y fortalecer a sus hijos.

Todo creyente debe aprender a resistir cuando es tentado y a desarrollar un sistema de defensa para tales situaciones. La manera de comenzar es preguntándose:

¿Cuáles son mis áreas de debilidad? El diablo no usa el mismo método con todo el mundo.
Ajusta su tentación al área de vulnerabilidad de cada persona.
¿Cuándo soy más débil? Satanás no juega limpio. Siempre ataca a la persona cuando está desanimada. Esté en guardia cuando sienta hambre, enojo, soledad o cansancio.

La mayor defensa contra la tentación es la Palabra de Dios. El Señor citó las Sagradas Escrituras para hacer callar las mentiras de Satanás (Mt 4.1-11).

Comience cada día de rodillas: pídale al Señor que haga crecer su verdad en su vida, y que le dé el conocimiento que le permita vivir en victoria.

La respuesta de Dios a nuestras oraciones


 La respuesta de Dios a nuestras oraciones

1 Juan 5.13-15

En respuesta a nuestras oraciones, el Señor usa su poder para penetrar las mentes cerradas y los corazones endurecidos. De esta manera, Él conduce a la persona a la salvación de pecados y transforma su vida pecaminosa.

Todos queremos que nuestras peticiones sean concedidas, por lo que es importante entender las condiciones de Dios para responder las oraciones. Además de relacionarnos con Él (Jn 3.3) y de confesar todo pecado del que tengamos conciencia, debemos confiar en que su Palabra es verdadera y sus promesas son ciertas. La Biblia, que fue escrita por inspiración divina mediante hombres, es infalible. En este Libro maravilloso, el Señor revela su naturaleza —santa, soberana y perfecta— y presenta su plan de salvación (Ro 10.9). Debido a que las promesas de Dios están basadas en su carácter perfecto, podemos tener la seguridad de que Él hará lo que dice; de lo contrario, no sería Dios. Y las promesas del Señor son confiables, pues Él siempre habló las palabras del Padre (Jn 12.49).

Otra condición es que pidamos de acuerdo con los propósitos del Señor. Debemos orar por las cosas que armonicen con su naturaleza y plan. Dios quiere que discernamos su voluntad, que oremos para que ella se lleve a cabo y que hagamos nuestra parte en su cumplimiento (Mt 6.9-10). El Espíritu Santo nos ayudará a saber cómo orar.

Se necesita invertir tiempo para orar de la manera que Dios nos lo pide. Y, en respuesta, Él hará muchísimo más de lo que podamos pedir o entender (Ef 3.20).

Requisitos para la respuesta a la oración

 


Requisitos para la respuesta a la oración

Juan 14.12-14

Jesús enseñó muchas cosas sobre la oración, y su importante papel en la vida del creyente. También prometió que nuestras peticiones serán respondidas si cumplimos ciertos requisitos.

Una condición se menciona en Juan 14.14: después de recibir a Cristo como nuestro Salvador personal, tenemos el derecho de presentar peticiones en el nombre de Jesús, lo que significa pedir algo por lo que el Señor mismo oraría. Para ejercer este privilegio, debemos venir al Padre, dependiendo no de nuestro carácter o buenas obras, sino solamente de los méritos de Cristo. La muerte expiatoria de Jesús en la cruz es la única base para acercarnos a Dios y tener la seguridad de recibir respuesta a nuestras peticiones.

Un segundo requisito es la separación de todo pecado consciente. El Salmo 66.18 dice: “Si en mi corazón hubiese yo mirado a la iniquidad, el Señor no me habría escuchado”. Esto se refiere a actitudes pecaminosas y a patrones de pensamiento que sabemos que están mal, pero que nos negamos a dejar. Dios mira la actitud de nuestro corazón. Si luchamos contra nuestras actitudes pecaminosas, nos afligimos por ellas y pedimos perdón, Él oirá nuestro clamor y responderá. Pero cuando ve un corazón duro, no está obligado a escuchar.

La próxima vez que usted ore, comience con palabras de alabanza a Dios por su amor sacrificial, y de gratitud al Señor Jesús por morir en su lugar (1 Jn 4.10). Exprésele que entiende por qué sus oraciones son escuchadas: porque tiene una relación con el Padre a través de Cristo, no por nada que usted haya hecho. Confiese todo pecado del que esté consciente, y pídale perdón. Luego, presente sus peticiones al Señor con fe, y confíe en su respuesta.

Requisitos para andar por fe

 


Requisitos para andar por fe

Génesis 12.1-9

Todos conocemos a personas que viven conforme a sus deseos y capacidades naturales. A veces, nosotros hacemos lo mismo. Pero, como hijos de Dios, somos llamados a andar por fe (2 Co 5.7). Esto significa que debemos vivir con la seguridad de que el Señor es fiel y cumple todas sus promesas.

En la escuela de la fe, la primera destreza que hay que dominar es saber escuchar. Ya que la Palabra de Dios es esencial para escuchar al Señor, debemos cultivar el hábito de la meditación bíblica.

Por medio de ella, escucharemos al Espíritu de Dios hablando a nuestro espíritu, revelando el significado de la Biblia y mostrándonos cómo aplicar sus verdades a nuestras circunstancias. Pero reconocer la voz del Espíritu Santo no viene de forma automática; se necesita práctica.

Una segunda capacidad que hay que adquirir es la obediencia, hacer lo que el Señor ordene, a su manera y en su tiempo. Abraham dejó su tierra como lo ordenó Dios, pero “modificó” el plan divino trayendo con él a Lot (Gn 12.4).

La vida de fe es de sometimiento a los deseos, métodos y cronogramas de Dios. A medida que nuestra capacidad de escuchar mejore, nuestra fe en el Padre se profundizará, nuestro compromiso con Él crecerá y la obediencia total será más fácil.

Andar por fe implica también recordar lo que sucedió cuando obedecimos a Dios en el pasado. Él se comunica con nosotros no solo para el día de hoy, sino también para enseñarnos para el futuro.

¿Puede recordar lo que Él le dijo la semana pasada? ¿Lo ha puesto en práctica? Comprométase a ser un mejor oyente y un seguidor más obediente en este nuevo año.

Manifestaciones del don de la enseñanza

 



Manifestaciones del don de la enseñanza

Tito 2.7-8

Hacemos buen uso de nuestro don espiritual cuando estamos llenos del Espíritu; confiar en nosotros mismos solo nos despistará. 
Veamos ambas manifestaciones —espiritual y carnal— en el don de la enseñanza.

Depender del razonamiento humano conduce a la autocomplacencia. En cambio, al asimilar fielmente la Palabra de Dios y aplicarla, el cristiano dotado del don de la enseñanza cosecha el fruto del dominio propio (Ga 5.23). Por medio de nuestro deseo de aprender, el Espíritu desarrolla la confianza y la diligencia del creyente, pero si no se mantiene en Cristo puede volverse irreflexivo e inconstante. El fruto de la paz y de la paciencia crece a medida que el estudio lleva a una fe más profunda.

Los creyentes que no tienen este don pueden interpretar de manera equivocada a quienes sí lo tienen; pueden pensar que son orgullosos debido a su conocimiento. Sin embargo, las características del don de la enseñanza muestran que es todo lo contrario. Estos cristianos desean tener una comprensión precisa y más completa, para poder compartirla con los demás creyentes, para beneficio de ellos. A veces, quienes no tienen el don, consideran como aburridas a las personas que sí lo tienen, por la cantidad de información que ofrecen. Hasta pueden pensar que confían más en sus conocimientos que en el Espíritu Santo. Pero es este quien les ayuda a aprender y a hablar. Es necesario comprender que esos maestros quieren que los creyentes tengan suficiente conocimiento para vivir conforme a la voluntad de Dios.

Al ejercer su don dado por Dios, ore por la dirección del Espíritu. Así es como se puede tener un mayor impacto para el reino de Dios.



El don de la enseñanza

 


El don de la enseñanza


Romanos 12.6-8


Dios ha dado a cada creyente al menos un don espiritual para edificar el cuerpo de Cristo y servir en este mundo. Si nuestro don es el de profecía, proclamaremos lo que Dios dice sobre el bien y el mal. Si es el de servicio, desearemos atender las necesidades de otros. El don de la enseñanza tiene estas características:

Es organizado. Ya sea en la conversación o en un ambiente más formal, trataremos de comunicar la información claramente para que el oyente pueda servirse de ella.

Es sistemático. Queremos que los demás entiendan tanto la conclusión, como los pasos que conducen a ella.

Es preciso. Nuestra prioridad es conocer la verdad, y por eso hacemos preguntas con el propósito de validar la exactitud de lo que aprendemos. También investigaremos la confiabilidad de nuestra fuente de información.

Es diligente. Nos deleitamos en estudiar e investigar, y estamos fuertemente motivados a compartir lo que aprendemos. La verdad es presentada tanto para compartir conocimiento, como para que Dios transforme vidas.

Está orientado hacia la Biblia. Con este don viene un fuerte deseo de saber lo que el Señor dice. Aunque podemos reconocer el valor de las experiencias de otros, estamos menos motivados por ejemplos personales que por las palabras de la Biblia.

Todos los dones espirituales pueden ser utilizados en nuestras congregaciones y comunidades, bendiciendo a nuestros hermanos. Si su don es la enseñanza, permita que el Espíritu dirija su capacidad para la gloria de Dios y el beneficio de otros.



El sufrimiento injusto

 


El sufrimiento injusto


1 Pedro 2.18-25

Una de las situaciones más difíciles de soportar es el sufrimiento injusto. Podemos esperar cosechar dolor y problemas si sembramos pecado, pero ¿qué tal si no hemos hecho nada malo? Incluso las pruebas que parecen venir sin ninguna razón son más fáciles de soportar que el maltrato que recibimos de otros.

Esto es lo que Pedro tenía en mente cuando escribió el pasaje de hoy. Los esclavos del Imperio romano tenían pocos derechos, por no decir ninguno, y el abuso no era infrecuente. Convertirse en cristiano no cambiaba las circunstancias, pero requería una reacción diferente. Pedro les dijo que se sometieran respetuosamente a sus amos, y que soportaran el maltrato porque tal respuesta tenía la simpatía de Dios.

Quien ha sido salvo por Cristo también está llamado a seguir sus pasos. Aunque el Señor nunca pecó, sufrió la muerte en una cruz por nosotros. Jesús no solo pagó el castigo por nuestros pecados, sino que también hizo posible que reaccionáramos ante el maltrato de la misma manera que Él lo hizo.

Es importante recordar la reacción de Cristo; primero, porque el Señor no injurió ni amenazó a quienes le hacían daño. Su silencio era sustentado por perdón en vez de ira o pensamientos de venganza. Incluso cuando estaba clavado en la cruz, oró diciendo: “Padre, perdónalos” (Lc 23.34). Segundo, Jesús se encomendó al Padre, que juzga con justicia.

A nosotros nos corresponde asegurarnos de seguir a Cristo, y vivir dentro de la voluntad de Dios. Entonces, si otros nos maltratan, simplemente podemos entregar la situación a nuestro Padre, sabiendo que Él la juzgará con justicia en su tiempo.



La amistad entre creyentes



La amistad entre creyentes


Hechos 18.1-19

Un aspecto significativo de la vida cristiana es el desarrollo de amistades que ayuden a ambas partes a cumplir la voluntad de Dios para sus vidas. Este es el tipo de amistad que Pablo tuvo con Aquila y Priscila. La relación, que comenzó por su ascendencia judía y por su ocupación comunes, pronto se convirtió en un trabajo conjunto en el ministerio.

Pablo conoció a Aquila y Priscila cuando llegó por primera vez a Corinto en su segundo viaje misionero. Después de enseñarles y asesorarles durante dieciocho meses, los llevó consigo a Éfeso, donde estuvieron ministrando hasta que regresó en su tercer viaje misionero para ayudarlos.

A pesar de que, al final, tomaron caminos distintos, su amistad —que nació de su amor mutuo a Cristo— nunca terminó. Unos años más tarde, cuando Pablo escribió a la iglesia en Roma, expresó su gratitud por esta pareja, porque ellos arriesgaron sus vidas por la suya, y sirvieron fielmente a la iglesia que se reunía en su hogar (Ro 16.3-5). Mientras Pablo estaba en una prisión romana durante sus últimos días en este mundo, escribió a Timoteo en Éfeso, diciéndole que enviara sus saludos a Priscila y a Aquila (2 Ti 4.19).

Dios nunca ha querido que los cristianos vivan como “llaneros solitarios”, que solo asisten a la iglesia sin crear lazos de amistad profundos con otros creyentes. Nuestro vínculo común en Cristo nos acerca a otros, creando una relación estrecha que no se encuentra en otros entornos sociales. Las amistades de iglesia están entre las relaciones más profundas que llegaremos a tener. Estos amigos son los que siempre nos remiten a la Biblia, nos desafían a caminar en obediencia a Cristo y nos animan a perseverar.


 

sábado, 20 de enero de 2024

Esfuércese y sea valiente

 

Esfuércese y sea valiente

Deuteronomio 31.1-8

¿Alguna vez enfrentó usted un desafío que le dejó con sentimientos de incompetencia y temor? Los grandes hombres y mujeres en la Biblia no fueron sobrehumanos, por lo que sin duda experimentaron las mismas debilidades que nosotros. Aunque Josué era un fuerte líder militar, es probable que se sintiera incompetente para ocupar el lugar de Moisés. Después de todo, Moisés había hablado con Dios cara a cara, hecho milagros impresionantes y sacado a los israelitas de la esclavitud en Egipto.

No obstante, recordemos que Moisés no empezó siendo un poderoso hombre de fe. Cuando Dios lo llamó a liberar a los hijos de Israel, dirigió su atención a su propia insuficiencia, y le rogó al Señor que enviara a otra persona (Ex 4.10-13). Pienso que Moisés sabía exactamente cómo se sentía Josué. Es por eso que animó a su sucesor a esforzarse y ser valiente.

Pero la fortaleza que Josué necesitaba no iba a venir del pensamiento positivo o de la confianza en sí mismo. Lo que necesitaba era la seguridad de que el Señor iría delante de él en todo momento, y que le daría a la nación la tierra que les había prometido. La confianza frente a los desafíos que nos plantea el Señor nunca viene de nosotros mismos. Pero cuando le creemos al Señor y confiamos en su Palabra, y no en nuestros sentimientos, Él nos da la capacidad y la valentía para hacer su voluntad.

Si su vida fuera fácil siempre, usted nunca necesitaría esforzarse y ser valiente. Pero desaprovecharía oportunidades maravillosas de conocer a Dios. Solo cuando enfrentamos desafíos a nuestra fe y experimentamos la fidelidad de Dios, aprendemos a depender de Él en vez de nosotros mismos.

Pies y corazón limpios

 


Pies y corazón limpios

Juan 13.3-15

Puede que Israel sea una tierra polvorienta, y los pies calzados con sandalias se ensucian yendo de un lado a otro. En la antigüedad, la persona que entraba en una casa se quitaba las sandalias y se lavaba los pies. O si los dueños de casa eran ricos, los sirvientes eran quienes se los lavaban. Esta desagradable pero necesaria tarea le tocaba al sirviente que tenía la jerarquía más baja en la casa. Imagínese la sorpresa de los discípulos cuando el Hijo de Dios tomó el papel de un humilde sirviente para arrodillarse a lavar sus pies. La necesidad de este servicio era enorme, ya que habían estado viajando por un tiempo. Pero nadie se había ofrecido para hacerlo.

Pero Jesús hizo algo más que cubrir una necesidad: dio una lección. Como Él explicó: “Les he puesto el ejemplo, para que hagan lo mismo que yo he hecho con ustedes” (Jn 13.15 NVI). Algunas iglesias han interpretado erróneamente esto, haciendo del lavado de pies una ordenanza. Pero uno puede limpiar la piel de otra persona, sin pensar en el significado de la acción de Cristo.

En realidad, la acción en sí no es el punto principal; la actitud es lo que cuenta. Cristo desea que estemos dispuestos a humillarnos para servir a los demás. Él está buscando hombres y mujeres que dejen de lado el orgullo, la posición y el poder para hacer lo que sea necesario, dondequiera que haga falta, y en favor de quienes necesiten ayuda.

Jesús realizó sus más grandes y humildes actos de servicio en menos de veinticuatro horas. Lavó pies sucios, usando las dos manos que serían traspasadas por los clavos el día siguiente. La enseñanza aquí es que toda tarea que Dios nos da es importante para su reino.

El modelo de servicio

 


El modelo de servicio
Mateo 20.25-28

Según la manera de pensar del mundo, los hombres importantes son lo que tienen autoridad, prominencia y poder. Sin embargo, aunque Jesucristo tenía todo eso, lo dejó para convertirse en siervo (Is 42.1; Fil 2.7).

El Señor Jesús se entregó por completo para cumplir el plan de redención de su Padre, a pesar de que los beneficiarios, es decir, nosotros, no éramos dignos. Dios es santo y justo, y no puede estar en presencia del pecado. Por tanto, tiene que separarse de quienes están manchados por este. Lo cual incluye a toda la humanidad (Ro 3.23).

Todos nacemos cautivos de los deseos de la carne (Ro 6.16-18). Cuando alguien dice que está viviendo de acuerdo con “sus propias reglas”, en realidad está al servicio de lo que le apetece a su naturaleza humana. El castigo por ese falso sentido de libertad es la condenación (Ro 6.23).
El acto supremo de servicio del Señor Jesús fue dar su vida en rescate por muchos (Mt 20.28). La palabra rescate se refiere al precio pagado para liberar a alguien —Cristo compró voluntariamente nuestra libertad. Había solo una manera de que Dios pudiera quitar nuestra culpa y permanecer fiel a su propia ley: que alguien sin pecado pagara nuestra deuda de pecado.

El sacrificio de Jesús nos salvó de la condena que merecíamos. En cambio, recibimos el regalo de la gracia, y hemos sido declarados inocentes. Además, pasamos de ser esclavos, ¡a ser hijos del Todopoderoso! Jesús cumplió el propósito del Padre con fidelidad. Renunció a su derecho para llevar el peso de nuestra iniquidad. El Salvador no se reservó nada para sí y, por tanto, estableció un poderoso ejemplo de servicio que debemos imitar.

Para caminar en la luz


Para caminar en la luz
Efesios 5.1-17

Si alguna vez se ha quedado sin electricidad por la noche, sabe lo difícil que puede ser orientarse hasta donde pueda encontrar una linterna o una vela. Piensa que está dirigiéndose a una puerta, pero de repente choca contra una pared. Así era nuestra vida antes de conocer la Luz del Mundo. En realidad, ni siquiera sabíamos lo real que era la luz, y nos habíamos acostumbrado cómodamente a la oscuridad, porque ella nos impedía ver lo pecaminosos que éramos.
Pero ocurrió algo asombroso cuando finalmente creímos el evangelio, nos arrepentimos de nuestros pecados y confesamos a Jesús como nuestro Señor y Salvador. Fuimos rescatados del dominio de las tinieblas y trasladados al reino de la Luz. Y ahora Jesucristo, la Luz del Mundo, ha venido a habitar en nosotros (Col 1.13, Ef 3.17). Entonces, ¿cómo deben vivir los seguidores de Cristo? El pasaje de hoy describe tres responsabilidades básicas:

1. Andar en amor (Ef 5.1, 2). Así como el Salvador nos amó, también nosotros debemos amar a los demás. Si estamos en conflicto con nuestros hermanos en Cristo, no podemos decir que estamos caminando en la Luz (1 Jn 1.7).

2. Abstenerse del pecado (Ef 5.3-7). Los creyentes no están exentos de pecado, pero no practican habitualmente las obras de las tinieblas.

3. Saber lo que agrada a Dios (Ef 5.8-17). El fruto de la Luz es bondad, justicia y verdad. Estas cualidades se muestran en nuestro carácter, conversación y conducta cuando vivimos de verdad nuestra fe.

Que nuestro objetivo sea acercarnos cada vez más a la Luz, permitiendo que Cristo nos muestre cualquier área de oscuridad para que podamos reflejar su gloria y su bondad.