Mostrando entradas con la etiqueta guerra. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta guerra. Mostrar todas las entradas

sábado, 13 de enero de 2018

Consagrado a la oración


Consagrado a la oración

Nuestro Salvador, Jesucristo, estuvo consagrado a la oración. Se reunía con Dios temprano, le buscaba en medio de sus ocupados días, y se escabullía por las noches para tener comunión con Él. Sus acciones son ejemplo del lugar que debe ocupar la oración en la vida del creyente.
La oración parecía ser algo natural para el Señor, mientras que para la mayoría de nosotros representa un gran esfuerzo. El camino a una vida de oración comienza con el firme compromiso de desarrollar el hábito de hablar con Dios, y de hacerlo nuestra prioridad. Podemos lograrlo apartando tiempo cada día para el Señor, y encontrando un lugar donde las interrupciones sean mínimas. Para que esto suceda tenemos que hacer sacrificios —como dormir menos, renunciar a pasatiempos o utilizar la hora del almuerzo para orar. Inclusive, puede ser que algunos padres tengan que recurrir a la ayuda de amigos para que cuiden de sus hijos, y así puedan pasar tiempos a solas con Dios.
Además, nuestra vida de oración debe estar reforzada por las Sagradas Escrituras que nos enseñan acerca del carácter, las promesas y las prioridades de Dios. La Biblia desvía nuestros pensamientos de las preocupaciones mundanas para enfocarlos en el Señor. Leer la Palabra de Dios cada día nos recordará que el Señor es supremamente importante para nuestra vida, y que nuestro deseo debe ser agradarle. Así estaremos preparados para orar de acuerdo con su voluntad, y escuchar lo que Él quiera decirnos. Evalúe el estado actual de su vida de oración, y comprométase a mejorar al menos en uno de los aspectos antes mencionados.


miércoles, 11 de marzo de 2015

Devocional

Lectura 11 de Marzo -  
"Y sabrá toda esta congregación que Jehová no salva con espada y con lanza; porque de Jehová es la batalla, y él os entregará en nuestras manos."
1 Samuel 17: 47.  

Este punto nos ha de quedar muy claro: que la batalla es del Señor, y podemos estar muy seguros de la victoria, y de una victoria tal, que manifieste mejor el poder de Dios.  El Señor es olvidado por todos los hombres en demasía, sí, incluso por las asambleas de Israel; y cuando haya una oportunidad de hacer ver a los hombres que la Grandiosa Primera Causa puede alcanzar Sus propósitos sin el poder del hombre, es una ocasión inapreciable que debe ser bien empleada. Incluso Israel confía demasiado en la espada y la lanza. Es algo grandioso que no haya una espada en la mano de David, y, sin embargo, que David sepa que su Dios vencerá a ejércitos enteros de pueblos enemigos.  Si en verdad estamos contendiendo por la verdad y la justicia, no nos demoremos hasta que tengamos talento, o riqueza, o cualquier otra forma de poder visible a nuestra disposición; pero con tales piedras como las que encontramos en el arroyo, y con nuestra usual honda, corramos a enfrentar al enemigo. Si fuese nuestra propia batalla podríamos desconfiar; pero si nos estamos levantando por Jesús, y haciendo la guerra en Su fortaleza únicamente, ¿quién podría estorbarnos? Sin ninguna traza de duda, enfrentemos a los filisteos; pues el Señor de los Ejércitos está con nosotros, ¿y quién podría estar contra nosotros?