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sábado, 26 de diciembre de 2015

La Biblia: La voz de Dios hoy

Leer | 2 Timoteo 3.16

Dios habló en los tiempos bíblicos de muchas maneras dramáticas. Pero, a pesar de que el Señor sigue hablando hoy, sus métodos han cambiado. Por tanto, no podemos esperar que hable con voz audible o que envíe a un mensajero angelical cad­a vez que tenga algo que decir. Debemos aprender a percibir su voz hoy.

El Padre celestial nos habla principalmente por medio de su Palabra escrita: En la Biblia tenemos su revelación completa. No le falta nada que debamos añadirle. ¿Por qué razón? Porque Él ya ha revelado perfectamente su Palabra a quienes dirigió para que la escribieran. Este no es un libro escrito por seres humanos, pues el Espíritu Santo inspiró literalmente su verdad en la mente de hombres fieles, para que pudieran ponerla por escrito (2 Ti 3.16).

La Biblia es la manera que tiene Dios de hablarle a nuestras necesidades, inquietudes, angustias y preocupaciones. Muchas veces, cuando tenemos problemas, vamos aquí o allá para hablar con un amigo o un consejero. Todo eso está bien y es bueno, y es verdad que el Padre nos habla a través de personas piadosas. Pero es a su Palabra donde debemos acudir primero.

El Señor nos ha dado este Libro para que­ podamos conocer su voluntad, lo cual exige que sistemáticamente dediquemos tiempo a su Palabra. Si usted abre la Biblia solo cuando tiene una pregunta o una emergencia, nunca tendrá una visión amplia de lo que Dios quiere decirle.

La Biblia es un tesoro de los pensamientos de Dios. Dedíquele tiempo cada día, comenzando hoy, para encontrar en ella nuevas verdades y discernimiento para la vida.

lunes, 13 de julio de 2015

Dos clases de oyentes

Dos clases de oyentes

Leer | Hechos 17.10-12
10  Inmediatamente, los hermanos enviaron de noche a Pablo y a Silas hasta Berea. Y ellos, habiendo llegado, entraron en la sinagoga de los judíos.
11  Y éstos eran más nobles que los que estaban en Tesalónica, pues recibieron la palabra con toda solicitud, escudriñando cada día las Escrituras para ver si estas cosas eran así.
12  Así que creyeron muchos de ellos, y mujeres griegas de distinción, y no pocos hombres.

Para que el Espíritu Santo pueda hacer su obra, debemos realmente hacer el esfuerzo de escuchar a Dios cuando habla. Es posible, por ejemplo, “oír” cada palabra de un sermón, pero en verdad no escuchar ni una sola palabra del mismo. ¡Lamentablemente, hay algunos asistentes ausentes como éstos cada semana en las iglesias! Sus cuerpos pueden estar en el asiento, pero sus mentes obviamente están en otra parte. En realidad, hay dos clases de oyentes en prácticamente cada congregación del mundo: los pasivos y los activos.

El oyente pasivo es alguien que está presente en los servicios pero deja que su mente divague. Observa a las personas; nota cómo se visten y actúan; se relaciona y hace planes para salir a almorzar con ellas. No va a la iglesia para escuchar al Señor, sino por costumbre, o simplemente para sentirse mejor en cuanto a sí mismo.

Pero el oyente activo entra a al templo con una gran expectativa por lo que el Señor va a decirle. Tiene una Biblia, y toma nota del mensaje para captar la sustancia del mismo. Escribe todo lo que puede, tratando de no perder ni un solo punto de la predicación, y durante todo el mensaje se pregunta: ¿Cómo se aplica esto a mi vida?

El Señor se comunica de muchas maneras diferentes, y cuando habla debemos siempre escuchar activamente. Si usted se da cuenta de que su mente está divagando durante el servicio, es porque quizás se ha acercado al Señor de una manera pasiva. Pídale a Dios que concentre sus pensamientos, y decídase a ser un oyente activo de ahora en adelante.

viernes, 6 de febrero de 2015

Devocional

Lectura 6 de Febrero  -  
"Si oyeres la voz de Jehová tu Dios, bendito serás tú en la ciudad."
Deuteronomio 28:2, 3. 

La ciudad está llena de zozobras, y quien tiene que ir allí cada día descubre que es un lugar de gran desgaste. Está llena de ruido , y de actividad, y de alboroto y de duro trabajo: sus tentaciones, y pérdidas y aflicciones son muchas. Pero ir allí con la bendición divina le quita el filo a su dificultad; permanecer allí con esa bendición es encontrar placer en sus deberes, y la fortaleza que requieren sus exigencias.  Una bendición en la ciudad tal vez no nos haga grandes, pero nos mantendrá buenos; tal vez no nos haga ricos, pero nos conservará honestos. Ya sea que seamos obreros, o empleados de oficina, o gerentes, o comerciantes, o magistrados, la ciudad nos brindará oportunidades para que seamos útiles. Allí donde hay cardumen, hay buena pesca, y es esperanzador trabajar para nuestro Señor en medio de las apretujadas muchedumbres.  Podríamos preferir la quietud de la vida en el campo; pero si somos llamados a la ciudad, hemos de preferirla ciertamente porque allí hay espacio para nuestras energías.  Hoy hemos de esperar cosas buenas debido a esta promesa, y nuestro cuidado ha de ser tener un oído abierto a la voz del Señor, y una mano dispuesta a ejecutar su orden. La obediencia trae la bendición."En guardar sus mandamientos hay grande galardón."  

domingo, 11 de julio de 2010

NECESIDAD DE SER ESCUCHADOS


Frecuentemente mucha gente se contacta y dice: “No tengo a nadie con quien hablar, a nadie con quien compartir mi carga, a nadie que tenga tiempo para escuchar mi clamor. Necesito a alguien a quien le pueda abrir mi corazón”.

El rey David estaba constantemente rodeado por personas. Estaba casado y siempre había alguien a su lado. Aun así, escuchábamos el mismo clamor de él: “A quien iré”. Está en nuestra naturaleza, el necesitar a otro ser humano, con rostro, ojos y oídos, que nos escuche y nos aconseje.

Cuando Job estuvo abrumado por sus problemas, clamó con pena, “¡Quién me diera quien me oyese!” (Job 31:35). Él pronunció este grito mientras estaba sentado con quienes decían llamarse sus amigos. Aquellos amigos no tenían compasión por sus problemas; de hecho, eran mensajeros de la desesperanza.

Job sólo acudió al señor: “Mas he aquí que en los cielos está mi testigo, y mi testimonio en las alturas… Mas ante Dios derramaré mis lágrimas” (Job 16:19-20).

David le dice al pueblo de Dios que haga lo mismo: “Esperad en él en todo tiempo, oh pueblos; Derramad delante de él vuestro corazón; Dios es nuestro refugio” (Salmos 62:8).

Eventualmente, el sufrimiento nos llega a todos nosotros, y ahora mismo, multitudes de santos están encadenados por aflicciones. Sus circunstancias han tornado su gozo en sentimientos de impotencia e inutilidad. Muchos se preguntan en su dolor, “¿Por qué me está pasando esto? ¿Está Dios enojado conmigo? ¿Qué he hecho mal? ¿Por qué no responde mis oraciones?

Yo creo en mi corazón, que esta palabra es una invitación del Espíritu Santo para que usted encuentre un lugar privado, en donde pueda frecuentemente derramar su alma al Señor. David “derramó sus quejas”, y usted también puede hacerlo. Puede hablarle a Jesús acerca de todo: Sus problemas, sus pruebas presentes, su economía, su salud, y decirle cuán abrumado está, inclusive cuán desalentado se siente. Él lo escuchará con amor y simpatía, y no menospreciará su clamor.

Dios le respondió a David; le respondió a Job. Y por siglos ha respondido el clamor de todos aquéllos que han confiado en sus promesas. Él ha prometido escucharlo y guiarlo. Él ha prometido por juramento que será su fuerza, así que usted puede ir a Él y salir renovado.