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martes, 30 de enero de 2024

La amistad entre creyentes



La amistad entre creyentes


Hechos 18.1-19

Un aspecto significativo de la vida cristiana es el desarrollo de amistades que ayuden a ambas partes a cumplir la voluntad de Dios para sus vidas. Este es el tipo de amistad que Pablo tuvo con Aquila y Priscila. La relación, que comenzó por su ascendencia judía y por su ocupación comunes, pronto se convirtió en un trabajo conjunto en el ministerio.

Pablo conoció a Aquila y Priscila cuando llegó por primera vez a Corinto en su segundo viaje misionero. Después de enseñarles y asesorarles durante dieciocho meses, los llevó consigo a Éfeso, donde estuvieron ministrando hasta que regresó en su tercer viaje misionero para ayudarlos.

A pesar de que, al final, tomaron caminos distintos, su amistad —que nació de su amor mutuo a Cristo— nunca terminó. Unos años más tarde, cuando Pablo escribió a la iglesia en Roma, expresó su gratitud por esta pareja, porque ellos arriesgaron sus vidas por la suya, y sirvieron fielmente a la iglesia que se reunía en su hogar (Ro 16.3-5). Mientras Pablo estaba en una prisión romana durante sus últimos días en este mundo, escribió a Timoteo en Éfeso, diciéndole que enviara sus saludos a Priscila y a Aquila (2 Ti 4.19).

Dios nunca ha querido que los cristianos vivan como “llaneros solitarios”, que solo asisten a la iglesia sin crear lazos de amistad profundos con otros creyentes. Nuestro vínculo común en Cristo nos acerca a otros, creando una relación estrecha que no se encuentra en otros entornos sociales. Las amistades de iglesia están entre las relaciones más profundas que llegaremos a tener. Estos amigos son los que siempre nos remiten a la Biblia, nos desafían a caminar en obediencia a Cristo y nos animan a perseverar.


 

viernes, 8 de enero de 2016

Nuestro mejor amigo

Leer | Juan 15.9-17

Para algunos cristianos el Señor Jesús es Salvador, Señor y Maestro, pero pocas veces Amigo. Podemos tener dificultad p­ara entender el concepto, pero para Él no. Una vez que seamos capaces de entender qué clase de compañero es, nos daremos cuenta de que una vida verdaderamente gozosa solo es posible al tener su amistad.

Él nos acepta. Su aceptación incondicional significa que podemos acercarnos al Señor, incluso con toda nuestra sucia carga de pecado. Su intención no es dejarnos en nuestro estado presente.

Él nos acompaña en nuestras pruebas. La promesa de Dios de que nunca nos dejará ni desamparará se repite a lo largo de toda la Biblia (Dt 31.6; He 13.5). Esa promesa es real para cada creyente, gracias a la compañía del Espíritu Santo, quien actúa como nuestro Consolador y amigo fiel durante los momentos dolorosos.

Él nos responde. El Señor no tiene necesidad de dormir, comer o irse de vacaciones. A diferencia de los humanos, nunca está demasiado ocupado para suplir nuestras necesidades o dar respuesta a nuestras oraciones.

Él nos escucha. Podemos hablarle de nuestras dudas, tristezas y alegrías, pues desea que acudamos a Él. Todo lo que le digamos incluso con gritos y lágrimas será recibido con la garantía de que Él nos ama, tiene un plan para nosotros y nos auxiliará cuando sea necesario. El Señor hace más que simplemente escuchar: habla por medio de la Biblia. En la Palabra de Dios, encontraremos su respuesta a cada circunstancia que enfrentemos.

Como dice el antiguo himno: “¡Oh qué amigo nos es Cristo!