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viernes, 14 de marzo de 2025

Cómo modelaba Cristo la humildad

Cómo modelaba Cristo la humildad
Filipenses 2.1-11

Aunque la humildad no es muy valorada en nuestra sociedad, es esencial en la vida cristiana. Y quién estableció el modelo para ella fue el propio Señor Jesucristo. Por consiguiente, como sus seguidores, debemos también procurar un espíritu humilde. Humildad es la ausencia de vanidad que busca exaltar o reafirmar el ego. Del pasaje de hoy aprendemos que la humildad se caracteriza por varios atributos:

La humildad fija nuestra atención en los demás (Filipenses 2.3-4). Cristo contempló nuestros intereses cuando vino al mundo para rescatarnos del pecado y la condenación.

La humildad no se aferra a nuestros derechos ni privilegios (Filipenses 2.6-7). Aunque Cristo era plenamente Dios, asumió las limitaciones de la condición humana.

La humildad nos hace servir de buena gana a los demás (Filipenses 2.7). El Señor no vino como un gobernante interesado que quería conquistar y someter al mundo. Por el contrario, vino como un esclavo humilde para servir a los demás.

La humildad nos impulsa a obedecer a Dios (Filipenses 2.8). El Hijo vino a la tierra en completa obediencia al Padre. Hizo y dijo solo lo que su Padre le ordenó (Jn 5.19), incluyendo su acto final de obediencia: entregar su vida en la cruz para pagar por los pecados de la humanidad.

Estas cualidades son exactamente lo opuesto a la ambición egoísta, la vanagloria y la viveza que el mundo valora. Desde la perspectiva del mundo, la humildad es debilidad. Pero, ¿qué requiere más esfuerzo: ser humilde o vanagloriarse? La humildad requiere el poder sobrenatural del Espíritu Santo para vencer nuestro egocentrismo natural. En vez de ser un signo de debilidad es, en realidad, una evidencia de la vida de Cristo en nosotros.

lunes, 7 de octubre de 2024

La recompensa de la humildad

La recompensa de la humildad
Lucas 14.7-11

¿Alguna vez se ha exaltado a sí mismo? Puede que no haya sido al escoger el mejor asiento en un evento social, pero quizás ha permitido que la sociedad moldee lo que hace. Por ejemplo, se nos anima a exigir nuestros derechos y a buscar reconocimiento. Pero Cristo enseñó que debemos ser humildes y dejar que Dios sea quien nos exalte.

Ciertas actitudes nos impiden humillarnos, y pueden obstaculizar las recompensas divinas. Estas son:

La impaciencia. Nos resulta difícil confiar en que Dios tiene el control.

La inseguridad. Sentimos que no podemos seguir adelante cuando algo no sale como esperamos.

La búsqueda de identidad en las cosas incorrectas. Nuestra autoestima se concentra en lograr los estándares de éxito de la sociedad.

La ignorancia de los caminos de Dios. No hacemos caso a su Palabra, y decidimos según lo que nos parece correcto.

Los motivos impuros. La inconformidad o la envidia nos llevan a adelantarnos a Dios y a utilizar la manipulación para conseguir lo que queremos.

La impulsividad. Sin pedir dirección a Dios, asumimos que toda oportunidad en la vida es una puerta abierta por la que debemos entrar.

La ingratitud. Si somos poco agradecidos, nuestra perspectiva puede distorsionarse.

La naturaleza humilde no es algo natural. Conseguimos la humildad, no buscándola, sino buscando al Señor. Si nos enfocamos en Él y en toda su grandeza, llegaremos a entender cuán digno es de nuestra total obediencia, adoración y reverencia.