La recompensa de la humildad
Lucas 14.7-11
¿Alguna vez se ha exaltado a sí mismo? Puede que no haya sido al escoger el mejor asiento en un evento social, pero quizás ha permitido que la sociedad moldee lo que hace. Por ejemplo, se nos anima a exigir nuestros derechos y a buscar reconocimiento. Pero Cristo enseñó que debemos ser humildes y dejar que Dios sea quien nos exalte.
Ciertas actitudes nos impiden humillarnos, y pueden obstaculizar las recompensas divinas. Estas son:
La impaciencia. Nos resulta difícil confiar en que Dios tiene el control.
La inseguridad. Sentimos que no podemos seguir adelante cuando algo no sale como esperamos.
La búsqueda de identidad en las cosas incorrectas. Nuestra autoestima se concentra en lograr los estándares de éxito de la sociedad.
La ignorancia de los caminos de Dios. No hacemos caso a su Palabra, y decidimos según lo que nos parece correcto.
Los motivos impuros. La inconformidad o la envidia nos llevan a adelantarnos a Dios y a utilizar la manipulación para conseguir lo que queremos.
La impulsividad. Sin pedir dirección a Dios, asumimos que toda oportunidad en la vida es una puerta abierta por la que debemos entrar.
La ingratitud. Si somos poco agradecidos, nuestra perspectiva puede distorsionarse.
La naturaleza humilde no es algo natural. Conseguimos la humildad, no buscándola, sino buscando al Señor. Si nos enfocamos en Él y en toda su grandeza, llegaremos a entender cuán digno es de nuestra total obediencia, adoración y reverencia.
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lunes, 7 de octubre de 2024
miércoles, 24 de enero de 2018
El quebrantamiento de Pedro
El quebrantamiento de Pedro
Leer | Lucas 22.54-62
El orgullo de Pedro era un obstáculo para los propósitos de Dios. Cristo buscaba a un siervo-líder para que guiara a los creyentes una vez que Él regresara al cielo. El antiguo pescador era un impulsivo sabelotodo, pero el Señor vio su potencial a pesar de su arrogancia. Por eso, el gran Artesano utilizó una filosa herramienta —la humillación— para quebrantarlo.
Cuando las palabras del Señor estuvieron en conflicto con la opinión de Pedro, el discípulo reprendió temerariamente a Jesús. El Salvador respondió con una reprimenda, tanto para silenciar como para enseñar (Mt 16.21-23; Jn 13.5-8).
Inclusive, Pedro incumplió su promesa de morir por el Señor cuando lo negó tres veces antes de que el gallo cantara. Esta humillación final, presenciada por un grupo de extraños, hizo trizas la seguridad que Pedro tenía en sí mismo. Fue un hecho doloroso, pero necesario, ya que su orgullo había distorsionado su visión de la misión de Cristo. Necesitaba entender que Jesús no vino para ser el libertador de Israel de la opresión romana, sino para salvar a la humanidad del poder y la pena del pecado. Gracias a que descubrió esa humildad, Pedro estaba ahora listo para desempeñar el papel que Cristo había escogido para él, como siervo-líder (1 P 5.5, 6).
¿De qué manera está usted obstaculizando el trabajo de Dios en su vida? Tenga en cuenta que Él está decidido a quebrantarle cuando sea necesario para bien de usted mismo, y para la gloria de Él. El Señor restauró a Pedro como un hombre más humilde, pero mucho más grande que antes. Él hace lo mismo con todo creyente que se rinde a su voluntad.
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