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sábado, 24 de febrero de 2024

Una vida fructífera

 


Una vida fructífera

Proverbios 3.5-12

Dios nos creó con la necesidad de saber que nuestra presencia en este mundo tiene significado; y nos diseñó para que nos sintamos realizados mediante su Hijo Jesucristo.

La dependencia de Dios es vital para tener vida abundante. Confiar en Él con todo nuestro corazón es darle el control de nuestras familias, finanzas, trabajos y todo lo demás. El pasaje de hoy enfatiza lo esencial que es la fe para una vida fructífera. Dios nos advierte en contra de ser sabios a nuestros propios ojos, y nos recuerda dos veces que no debemos apoyarnos en nuestra propia sabiduría. Cuando enfrentamos decisiones, tendemos a recopilar información y a optar por la solución que consideramos correcta. Sin embargo, no podemos conocer todos los hechos o predecir con seguridad cómo reaccionarán los demás. Pero Dios es omnisciente. Conoce nuestros corazones y pensamientos (1 Cr 28.9). Ninguna parte de nuestra vida escapa a su conocimiento (He 4.13), y se interesa por todos nosotros. Es por eso que Él sabe con seguridad qué decisión es la que conviene a nuestras circunstancias.

Otro aspecto de una vida abundante es reconocer a Dios en todo lo que hacemos. Hablar sobre Él es solo una parte de lo que significa darle nuestro reconocimiento. Como sus hijos, debemos parecernos a nuestro Padre celestial en pensamientos, actitudes y acciones. Nuestras prioridades deben reflejar las suyas, y nuestros planes armonizar con sus propósitos.

La vida se vuelve fructífera cuando nos rendimos a Dios y hacemos su voluntad. Al dejar que su Espíritu viva en nosotros (Ga 2.20), nuestras vidas se caracterizarán por un sentido de propósito y santificación.

La guía de Dios para una vida fructífera

 


La guía de Dios para una vida fructífera

Proverbios 3.1-4

Jesús dijo a sus discípulos: “Yo soy la vid, vosotros los pámpanos; el que permanece en mí, y yo en él, éste lleva mucho fruto” (Jn 15.5). A medida que llevemos a cabo los planes de Dios por medio del poder de su Espíritu, nuestra vida tendrá significado y dos prácticas nos caracterizarán:

1. Atesoraremos la Palabra de Dios en nuestros corazones. Cuando valoramos algo, pensamos en ello a menudo, lo estudiamos con regularidad y aprendemos lo más que podemos del mismo. Al estudiar la Biblia aprendemos muchas cosas importantes acerca de nuestro Dios, entre ellas su identidad, su plan y sus promesas. La meditación habitual en las Sagradas Escrituras desarrolla nuestra capacidad de pensar bíblicamente, y profundiza nuestra relación con el Señor. Una de las señales de que atesoramos su Palabra es un cambio de conducta; nuestras decisiones serán guiadas cada vez más por sus preceptos, y nuestras acciones reflejarán el fruto del Espíritu ( Ga 5.22-23).

2. Nos adornaremos de misericordia y verdad. En la vida cristiana, estas dos virtudes deben ser nuestra compañía constante. La verdad de Dios tiene el poder de mostrar la falta de caridad en la actitud y la conducta. Cuando esto sucede, ser misericordiosos nos ayuda a evitar la discordia y la división al relacionarnos con otros, fuera y dentro de la iglesia. Dios quiere que digamos la verdad, pero suavizada con una actitud de amorosa compasión.

La vida cristiana es una peregrinación llena de tentaciones, obstáculos y dificultades (1 P 4.12). Al mismo tiempo, debe caracterizarse por el fruto abundante que produce el seguir a nuestra guía: el Señor Jesucristo.