sábado, 29 de octubre de 2011

Qué decir cuando las palabras fallan


Una vez le pregunté a un cristiano muy firme si en algún momento sus oraciones lo habían dejado con una sensación de ausencia de Dios.
“No”, dijo. “Eso nunca me ha sucedido”.
Tal respuesta me desalentó. Más de una vez he clamado a Dios, destrozado por el pecado o por la desesperación, o por ambas cosas, y no he sentido nada, solo ausencia.
Entonces, recordé el clamor del salmista, las mismas palabras que Cristo pronunciaría desde la cruz: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?” (Sal 22.1).
Conozco a personas buenas y temerosas de Dios, que nunca han sido desamparadas. Pero conozco también a personas buenas y temerosas de Dios que están bien familiarizadas con el sentimiento de desamparo.
“Jesús tiene un amor muy especial por ti”, le escribió la reflexiva Madre Teresa a un amigo. “En cuanto a mí, el silencio y el vacío son tan grandes, que miro y no veo, escucho y no oigo”. Hubo un tiempo en mi vida cuando yo, que había dado mucho menos que ella a un número mucho menor de personas, habría atribuido la agonía espiritual de la Madre Teresa a la fe basada en obras que practicaba.
Una manera como Dios me ha humillado con el paso de los años, es permitiéndome enfrentar las mismas pruebas y tentaciones de las personas que he juzgado. Una vez pensé que la cercanía a Dios me la había ganado por mi justicia, por mis merecedoras oraciones. Pero he sido humillado por momentos tan difíciles que difícilmente podía articular las palabras para orar.
¿Ha tenido usted alguna vez la experiencia de estar necesitando desesperadamente a Dios, sin saber qué palabras podrían expresar la inmensa y aterradora ansiedad de su alma?
Yo solía pensar que era muy hábil orando. Por haber sido un orador público durante muchos años, he cultivado una habilidad especial para hacer giros elocuentes y pausas dramáticas. Esto me llevó a suponer que esa clase de oración era lo que Dios quería.
Pero, a lo largo de los años, he enterrado a familiares, casi arruinado un matrimonio, y decepcionado a personas. En medio de todos estos estragos en mi vida, ha habido muchas noches largas y oscuras, sin aliento para orar, y sin ánimo para decir las palabras adecuadas. Algunas noches, me he quedado dormido abrigando la esperanza de que las lágrimas sean suficientes cuando no he tenido palabras.
Una vez, cuando estaba tan cargado por la desesperación que no podía pensar sino en lanzarme por la ventana, encontré una oración que me ha sido útil desde entonces:
“Por favor”.
“Por favor”. Dios sabe lo que hemos hecho, y por lo que suplicamos. Pero lo más importante es que Él sabe lo que realmente necesitamos. Si usted pudiera pronunciar solo una frase —un cáliz en el que usted pudiera verter el deseo vehemente de su corazón— ¿podría encontrar una mejor frase que por favor?
“Por favor”, susurré en esa oscura habitación. “Por favor”.
No cantaron los ángeles, no apareció ninguna luz, y ninguna de las cosas rotas de esta vida fueron reparadas. Pero no salté de una ventana, y no abandoné la lucha por la esperanza de que Dios me ama, y ama a mis hijos. Recordé el resto del Salmo 22, las palabras que están después del desolado clamor del salmista: “Porque no menospreció ni abominó la aflicción del afligido, ni de él escondió su rostro; sino que cuando clamó a él, le oyó” (v. 24).
Un conocido mío, que perdió a su esposa y a su hijo en un accidente vial, me dijo que su oración en sus momentos de oscuridad es, simplemente: “Socorro”.
¿Qué padre de nosotros, al oír clamar a su hijo: “Por favor”, o “Socorro” no vendría corriendo? ¿Y qué padre de nosotros ama a sus hijos más de lo que Dios nos ama?
Lo que importa no es utilizar las palabras correctas, sino venir a Dios. ¡Qué pena es demorarse en venir a Él, o salir de su presencia demasiado pronto, todo porque no podemos encontrar las palabras “correctas”! Es mucho mejor decir por favor, o socorro, o aun mejor, Jesús, una y otra vez de rodillas, que no venir a Él en absoluto.
Conozco a algunas personas que oran con los salmos, que son oraciones inspiradas por Dios. Otros leen las oraciones de cristianos antiguos como Juan de Damasco, quien luchó contra el islam.
El creador del cielo y de la Tierra no necesita originalidad de nosotros. Vengamos con un “corazón contrito y humillado”, dice Salmo 51.17. En esto es que necesitamos enfocarnos. No en conseguir las palabras correctas, sino en tener un corazón recto.
Enséñanos cómo hacerlo, Señor, a pesar de nosotros mismos.

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