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jueves, 15 de febrero de 2018

La oración en el Espíritu

La oración en el Espíritu

Estoy convencido de que si los cristianos entendieran realmente lo que tiene lugar durante la oración, clamarían al Señor con más frecuencia y tendrían mejores resultados. La oración del creyente no es simplemente unas palabras dichas al vacío; el Espíritu Santo está con nosotros para guiarnos cuando presentamos nuestras peticiones al Señor.
El Espíritu Santo es parte de la Trinidad, por lo que conoce la mente del Padre íntimamente (1 Co 2.11). Puesto que Él, al igual que el Padre, es omnisciente y omnipotente, entiende perfectamente la circunstancia por la que estamos orando —incluso las partes que no vemos o que son totalmente confusas para nosotros. Asimismo, el Espíritu habita en cada creyente y conoce la mente y el corazón de cada uno de ellos. Con este conocimiento total, el Espíritu Santo lleva a cabo su responsabilidad de hacer que nuestras peticiones se ajusten a los deseos de Dios. A tal efecto, Él habla en nuestro espíritu y abre nuestra mente para que entendamos las Sagradas Escrituras.
El hecho de que Dios da su Espíritu a todos los creyentes, revela el valor que le da a la comunicación entre Él y sus hijos. Nuestro Padre nos da el mejor Ayudador posible para asegurarse de que podamos convertirnos en gigantes de la oración.
Por tanto, los cristianos jamás deberíamos tener sentimientos de culpa por no estar seguros de cómo orar. El Espíritu Santo que mora en nosotros conoce nuestras necesidades y nuestros deseos —como también la mente del Padre y los detalles de cada situación. Él habla a Dios a nuestro favor, y al mismo tiempo nos enseña a orar conforme a la voluntad del Padre.

viernes, 1 de diciembre de 2017

Las fuerzas para mantenerse firme


Las fuerzas para mantenerse firme

Sabemos quién es nuestro enemigo, y podemos incluso estar vestidos para la batalla (Ef 6.11). Pero no siempre nos sentimos preparados, debido a que nuestras debilidades parecen grandes y nuestras fuerzas pequeñas.
Para mantenernos firmes en esta vida, necesitamos el poder de nuestro Señor actuando en nosotros, lo cual requiere oración seria y continua (v. 18). Si nos comunicamos con el Padre celestial, el Espíritu Santo nos dará discernimiento para que podamos reconocer las verdades en cuanto a la guerra espiritual y las tácticas del adversario (1 Co 2.14). Comenzar cada mañana con el Señor nos dará las fuerzas para permanecer firmes para Cristo, sin importar lo que nos tenga reservado el día.
La oración es un elemento esencial para nuestra protección contra el diablo. Si no somos personas de oración —es decir, si no buscamos la dirección de Dios y olvidamos ponernos su armadura cada día— seremos derrotados. Nuestro discernimiento y nuestra visión sin el Señor son demasiado limitados, y el enemigo es demasiado poderoso para que lo enfrentemos solos. No obstante, Romanos 8.37 nos dice que, con Dios, seremos más que vencedores. Él nos preparará si nos acercamos a Él por medio de la oración, escuchamos sus instrucciones, y seguimos adelante con obediencia.
El enemigo le teme a las oraciones que se hacen por medio de la fe en Jesucristo, porque no tiene ninguna defensa contra ellas. La oración perseverante nos fortalece y aplasta el poder de Satanás (Stg 4.7). Caiga de rodillas en oración ante el Señor, y vea lo que pasa.

sábado, 31 de enero de 2015

Devocional

Lectura 31 de Enero  - 
"El Dios mío me oirá."
Miqueas 7: 7. 

Los amigos podrían ser desleales, pero el Señor no se apartará del alma agraciada; por el contrario, Él oirá todos sus deseos. El profeta dice:"De la que duerme a tu lado cuídate, no abras la boca; y los enemigos del hombre son los de su casa." Este es un lamentable estado de cosas; pero aun en tales casos el Mejor Amigo permanece fiel, y podemos contarle todo nuestro dolor.  Nuestra sabiduría consiste en mirar al Señor, y no altercar con hombres o mujeres. Si nuestras súplicas amorosas son desdeñadas por nuestros propios parientes, confiemos en el Dios de nuestra salvación, pues Él nos oirá. Nos oirá con mayor razón por causa del desafecto y la opresión de los demás, y muy pronto tendremos motivo de clamar:"Tú, enemiga mía, no te alegres de mí."  Puesto que Dios es el Dios vivo, Él puede oír; puesto que es un Dios amante, Él oirá; puesto que Él es el Dios del pacto, se ha obligado a oírnos. Si cada uno de nosotros pudiera dirigirse a Él como"Dios mío" , podríamos decir con absoluta certeza:"El Dios mío me oirá." ¡Ven, entonces, oh corazón sangrante, y deja que tus tristezas se denuncien solas delante del Señor tu Dios! Voy a arrodillarme en secreto, y a susurrar internamente:"El Dios mío me oirá" .  

jueves, 11 de abril de 2013

El predicador y la oración: LA PREDICACION DE LA LETRA VERSUS LA PREDICACION CRUCIFICADA



LA PREDICACION DE LA LETRA

VERSUS LA PREDICACION CRUCIFICADA

No creo que mis anhelos de avivamientos fueran ni de la mitad de fuertes de lo que deberían haber sido; y tampoco puedo entender que un pastor evite el estar en un continuo contacto ardiente con el Maestro y haciendo, de este modo, tanto daño a la Iglesia…
Edward Payson

Las más dulces gracias, por una ligera perversión, pueden llevar un muy amargo fruto. El sol da vida pero las insolaciones son mortales. Esto es, la predicación es para dar vida, pero puede matar. Y el predicador tiene las llaves; él puede cerrar tan bien como abrir.

Porque la predicación es la gran institución de Dios para la plantación y la maduración de la vida espiritual.

Cuando es correctamente ejecutada, sus beneficios son indecibles; pero cuando no, ningún mal puede excederle en sus resultados dañinos. Es un asunto fácil destruir el rebaño, si el pastor es imprevisor o el pastor es destruido; fácil capturar la ciudadela si el centinela se duerme o el alimento y el agua son envenenados…

Investido con tan favorables prerrogativas, expuesto a tan grandes males, implicando tan graves y múltiples responsabilidades, seria entonces una parodia en la astucia del diablo y un libelo en su carácter y reputación, si él no pusiera por obra sus principales  influencias para adulterar al predicador y su predicación. En presencia de todo esto, la pregunta exclamatoria de Pablo es:
“Y para todo esto, ¿Quién es suficiente?” (2 Cor. 2:16).

Luego añade:
“Nuestra suficiencia es de Dios; el cual así mismo nos hizo ministros suficientes de un nuevo pacto; no de la letra, mas del Espíritu; porque la letra mata, mas el espíritu vivifica” (2 Cor. 3:4-6).

Así, el verdadero ministerio es influenciado, capacitado y hecho por Dios. Y es que el Espíritu de Dios es en el predicador un poder de unción; el fruto del Espíritu esta en su corazón. Su predicación da vida, como la resurrección da vida; ardiente como en el verano y fructífera, como en el otoño…

Esta clase de predicador que da vida es un hombre de Dios, cuya alma siempre está siguiendo diligentemente los requerimientos divinos; y en quien, por el poder del Espíritu de Dios, la carne y el mundo han sido crucificados, y su ministerio es semejante al generoso flujo de un rio caudaloso.

Por el contrario, la predicación que mata es una predicación no espiritual. Fuentes inferiores que no son de Dios le han dado energía y estímulo. Tampoco el Espíritu es evidente en el predicador ni en su predicación. Muchas clases de fuerzas pueden ser proyectadas y estimuladas por la predicación que mata, pero éstas no son espirituales: son fuerzas fingidas y magnetizadas.

Esta predicación que mata pertenece a la letra; puede ser bella y metódica; pero aún es la letra, la árida, dura letra, cáscara desnuda, vacía. La letra puede tener el germen de la vida en ella, pero no tiene el alimento suficiente para evocarla. Es cimiento de invierno, tan duro como el terreno de invierno; tan helada como el aire de  invierno: no hay deshielo ni germinación para ella.

Puede incluso contener la verdad dentro de ella. Pero no es una verdad no vivificada por el Espíritu de Dios, que amortece tanto o más que el error; aunque se trate de la autentica verdad sin mezcla, sin el Espíritu, su sombra e influencia son mortales: su verdad, error, y su luz, tinieblas…

La predicación que mata es a menudo ortodoxa y dogmática, ¡Pues amamos la ortodoxia! Es el recto y claro corte de enseñanza de la Palabra de Dios; los trofeos obtenidos por la verdad en su conflicto en el error, los diques que la fe han levantado contra la honrada o descuidada inundación desoladora de creencias falsas o incredulidad. Pero la ortodoxia, clara y dura como el cristal, suspicaz y militante, no puede ser sino la letra bien arreglada, bien nombrada y bien aprendida: la letra que mata. Nada es tan mortal como una ortodoxia muerta, demasiado muerta para especular, demasiado muerta para pensar, para estudiar o para orar.

La predicación que mata puede tener conocimiento y alcance de principios, puede ser estudiada y crítica en gusto; iluminada por pensamientos filosóficos y trascendentales, examinada eruditamente como un abogado o para defender su caso. Y sin embargo, ser semejante al hielo homicida.

La predicación de la letra puede ser elocuente, esmaltada con poesía y la retorica, rociada con oración sazonada con la sensación y, no obstante, parecer a las hermosas flores que cubren el féretro de un cadáver. Bajo tal predicación, ¡Cuán amplia y total es la desolación! ¡Cuán profunda la muerte espiritual!

Esta predicación de la letra tiene que ver con la superficie y sombra de las cosas, y no con las cosas mismas. No penetra en la parte interior. No tiene profundo conocimiento interno, ni fuerte alcance de la vida escondida en la Palabra de Dios. Es verdad en apariencia, pero la apariencia es la cáscara, cáscara que tiene que ser rota y raspasada para obtener la almendra. Es una predicación sin unción, no sazonada ni oleada por el Espíritu.

Tal vez produzca lágrimas, lágrimas volátiles, como viento de verano sobre una montaña de nieve… quizás, cause sensación y ardor, pero será la emoción de un actor dramático.

Habría que preguntarse, entonces, de quien es la culpa de todo esto… ¡desde luego, no es de Dios! ¡La culpa está en el hombre! Más aún, ¡en el predicador! Este ha estado demasiado ocupado con su sermón, que no ha oído la canción de los serafines, ni ha visto la
visión de gloria, ni sentido el ímpetu de aquella sublime santidad, después de un absoluto abandono y desesperación, bajo la sensación de debilidad y de culpa; purgando e infamando por el carbón ardiendo del altar de Dios.

El predicador puede sentir desde el entusiasmo de su propio ardor pasajero, puede ser elocuente sobre su propia exégesis, ardiente en dar el producto de su cerebro; pero el brillo y centelleo serán tan estériles de vida como un campo sembrado de perlas… en alguna
parte, de todo inconsciente en sí mismo, algún don conductor espiritual ha atacado su ser interior y la corriente divina ha sido detenida, porque nunca ha sentido su completa bancarrota espiritual, su total impotencia; nunca ha aprendido a clamar con clamor inefable de desesperación, hasta que el poder de Dios y el fuego santo hayan descendido sobre él. La propia estima, perniciosa, ha difamado y violado el templo que debería haber sido mantenido sagrado para Dios.

Su ministerio puede atraer al pueblo hacia él, a la iglesia, a la forma y ceremonia; pero en verdad no atrae hacia Dios y no introduce a la dulce, santa, divina comunión, pero no edificada; agradada, pero no santificada. La vida es suprimida, hay un frio en el aire de verano; el estiércol es horneado. Finalmente, la cuidad de nuestro Dios viene a ser la cuidad de la muerte; la iglesia un cementerio, no un ejercito de batalla.

En efecto, el elemento del proceso de muerte esta detrás de las palabras, detrás del sermón, detrás de la ocasión, detrás del ademan, detrás de la acción. Y es que la predicación crucificada solamente puede venir de un hombre crucificado.

Un dato más: la predicación que mata es, sobre todo, predicación sin oración; mejor dicho; es oración profesional, que mata. Largas discursivas, secas y vacías suelen ser este tipo de oraciones en muchos púlpitos. Sin unción o corazón, ellas caen como un hielo
mortal sobre las gracias de adoración. Son oraciones que imparten muerte. Todo vestigio de devoción ha perecido bajo su aliento. Cuanto mas muertas son, mas largas se hacen.

Una suplica por la oración corta, viva, verdadera, nacida del corazón, oración por el Espíritu Santo directa, especifica, ardiente, simple, untuosa en el pulpito es, pues, el único antídoto contra la oración que mata. Y se necesita una escuela para enseñar a los
predicadores como orar, más que todas las escuelas teológicas juntas…

¡Alto! ¡Detengámonos y reflexionemos! ¿Dónde estamos? ¿Qué estamos haciendo?

¿Predicando para matar? ¿Acaso no deberíamos descartar para siempre la maldita predicación que mata y la predicación que mata, y hacerla una cosa real, la cosa más poderosa donada del Cielo a la Tierra, y traer los abiertos e inagotables tesoros de Dios para las necesidades y mendicidades del hombre?

sábado, 29 de octubre de 2011

Qué decir cuando las palabras fallan


Una vez le pregunté a un cristiano muy firme si en algún momento sus oraciones lo habían dejado con una sensación de ausencia de Dios.
“No”, dijo. “Eso nunca me ha sucedido”.
Tal respuesta me desalentó. Más de una vez he clamado a Dios, destrozado por el pecado o por la desesperación, o por ambas cosas, y no he sentido nada, solo ausencia.
Entonces, recordé el clamor del salmista, las mismas palabras que Cristo pronunciaría desde la cruz: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?” (Sal 22.1).
Conozco a personas buenas y temerosas de Dios, que nunca han sido desamparadas. Pero conozco también a personas buenas y temerosas de Dios que están bien familiarizadas con el sentimiento de desamparo.
“Jesús tiene un amor muy especial por ti”, le escribió la reflexiva Madre Teresa a un amigo. “En cuanto a mí, el silencio y el vacío son tan grandes, que miro y no veo, escucho y no oigo”. Hubo un tiempo en mi vida cuando yo, que había dado mucho menos que ella a un número mucho menor de personas, habría atribuido la agonía espiritual de la Madre Teresa a la fe basada en obras que practicaba.
Una manera como Dios me ha humillado con el paso de los años, es permitiéndome enfrentar las mismas pruebas y tentaciones de las personas que he juzgado. Una vez pensé que la cercanía a Dios me la había ganado por mi justicia, por mis merecedoras oraciones. Pero he sido humillado por momentos tan difíciles que difícilmente podía articular las palabras para orar.
¿Ha tenido usted alguna vez la experiencia de estar necesitando desesperadamente a Dios, sin saber qué palabras podrían expresar la inmensa y aterradora ansiedad de su alma?
Yo solía pensar que era muy hábil orando. Por haber sido un orador público durante muchos años, he cultivado una habilidad especial para hacer giros elocuentes y pausas dramáticas. Esto me llevó a suponer que esa clase de oración era lo que Dios quería.
Pero, a lo largo de los años, he enterrado a familiares, casi arruinado un matrimonio, y decepcionado a personas. En medio de todos estos estragos en mi vida, ha habido muchas noches largas y oscuras, sin aliento para orar, y sin ánimo para decir las palabras adecuadas. Algunas noches, me he quedado dormido abrigando la esperanza de que las lágrimas sean suficientes cuando no he tenido palabras.
Una vez, cuando estaba tan cargado por la desesperación que no podía pensar sino en lanzarme por la ventana, encontré una oración que me ha sido útil desde entonces:
“Por favor”.
“Por favor”. Dios sabe lo que hemos hecho, y por lo que suplicamos. Pero lo más importante es que Él sabe lo que realmente necesitamos. Si usted pudiera pronunciar solo una frase —un cáliz en el que usted pudiera verter el deseo vehemente de su corazón— ¿podría encontrar una mejor frase que por favor?
“Por favor”, susurré en esa oscura habitación. “Por favor”.
No cantaron los ángeles, no apareció ninguna luz, y ninguna de las cosas rotas de esta vida fueron reparadas. Pero no salté de una ventana, y no abandoné la lucha por la esperanza de que Dios me ama, y ama a mis hijos. Recordé el resto del Salmo 22, las palabras que están después del desolado clamor del salmista: “Porque no menospreció ni abominó la aflicción del afligido, ni de él escondió su rostro; sino que cuando clamó a él, le oyó” (v. 24).
Un conocido mío, que perdió a su esposa y a su hijo en un accidente vial, me dijo que su oración en sus momentos de oscuridad es, simplemente: “Socorro”.
¿Qué padre de nosotros, al oír clamar a su hijo: “Por favor”, o “Socorro” no vendría corriendo? ¿Y qué padre de nosotros ama a sus hijos más de lo que Dios nos ama?
Lo que importa no es utilizar las palabras correctas, sino venir a Dios. ¡Qué pena es demorarse en venir a Él, o salir de su presencia demasiado pronto, todo porque no podemos encontrar las palabras “correctas”! Es mucho mejor decir por favor, o socorro, o aun mejor, Jesús, una y otra vez de rodillas, que no venir a Él en absoluto.
Conozco a algunas personas que oran con los salmos, que son oraciones inspiradas por Dios. Otros leen las oraciones de cristianos antiguos como Juan de Damasco, quien luchó contra el islam.
El creador del cielo y de la Tierra no necesita originalidad de nosotros. Vengamos con un “corazón contrito y humillado”, dice Salmo 51.17. En esto es que necesitamos enfocarnos. No en conseguir las palabras correctas, sino en tener un corazón recto.
Enséñanos cómo hacerlo, Señor, a pesar de nosotros mismos.

jueves, 11 de agosto de 2011

Dios Escucha Nuestras Oraciones


A él clamé con mi boca…
Ciertamente me escuchó Dios;
atendió a la voz de mi súplica.
Salmo 66:17, 19.

El primer versículo arriba citado expresa el agradecimiento hacia Dios por parte de una persona que atravesó una prueba muy dolorosa. No conocemos las situaciones que padeció, ni siquiera sabemos de quién se trata. Este caso es un ejemplo entre muchos otros, y es frecuente. Tal vez sea el del lector: usted se halla en una situación muy difícil. Le parece que todo está en su contra y no sabe cómo arreglárselas. Entonces hay un recurso: la oración. Por eso el autor del salmo escribió: “Me escuchó Dios; atendió a la voz de mi súplica”.

Es extraordinario: el Dios creador, todopoderoso, justo y santo, escuchó y contestó. Es una experiencia que hemos hecho personalmente y a menudo. Él presta atención hasta a la voz de nuestra súplica; es decir, no necesita que le expliquemos cuál es nuestro estado ni nuestra situación. Él nos ve y nos conoce.

Si el autor del Salmo 66 hubiese acariciado el mal en su corazón, el Señor no le “habría escuchado” (v. 18). Pero consciente de sus pecados se atreve a pedir el socorro de Dios. Tanto él como todos nosotros somos pecadores, pero felizmente Dios nos ama y dio a su Hijo para que nuestros pecados fueran borrados. Pero para gozar de este privilegio es necesario depositar nuestra fe en la obra de Cristo. Finalmente, no olvidemos agradecer siempre a Dios por su ayuda y decir como el afligido del salmo: “Bendito sea Dios, que no echó de sí mi oración, ni de mí su misericordia” (v. 20).

domingo, 11 de julio de 2010

La Misma Gloria


“El que me ama, será amado por mi Padre, y yo le amaré, y me manifestaré a él” (Juan 14:21). “Para que todos sean uno; como tú, oh Padre, en mí, y yo en ti, que también ellos sean uno en nosotros…la gloria que me diste, yo les he dado, para que sean uno, así como nosotros somos uno. Yo en ellos, y tú en mí, para que sean perfectos en unidad” (Juan 17:21-23, itálicas mías).

Échele otro vistazo a las itálicas en el versículo. Jesús está diciendo, en esencia: “La gloria que me diste, Padre, se la he dado a ellos”. Cristo hace una increíble declaración acá. Está diciendo que nos ha sido dada la misma gloria que el Padre le dio a Él. ¡Qué pensamiento tan impresionante! Pero, ¿cuál es esta gloria que fue dada a Cristo y cómo pueden nuestras vidas revelar dicha gloria? No se trata de un aura o una emoción; sino de ¡un acceso sin impedimentos al Padre Celestial!

Jesús nos dio un fácil acceso al Padre, abriéndonos una puerta por la Cruz: “Porque por medio de él [Cristo] los unos y los otros [nosotros y los que están fuera] tenemos entrada por un mismo Espíritu al Padre” (Efesios 2:18). La palabra “entrada” significa el derecho de entrar. Significa un pasaje libre y también fácil de acercarse: “En quien tenemos seguridad y acceso con confianza por medio de la fe en él” (Efesios 3:12).

¿Ve lo que Pablo dice? Por fe, hemos alcanzado un lugar de acceso ilimitado a Dios. No somos como Ester en el Antiguo Testamento. Ella tenía que esperar la señal del rey antes de poder acercarse al trono. Sólo después que el rey extendiera su cetro, es que Ester podía acercarse.

En contraste, usted y yo ya nos encontramos en la presencia del Rey. Y tenemos el derecho y el privilegio de hablar con Él en cualquier momento. De hecho, estamos invitados a hacerle cualquier petición: “Acerquémonos, pues, confiadamente al trono de la gracia, para alcanzar misericordia y hallar gracia para el oportuno socorro” (Hebreos 4:16).

Cuando Cristo ministró en la Tierra, Él no tenía que escabullirse hacia la oración para obtener la mente del Padre. Él dijo: “No puedo hacer nada por mí mismo, sino lo que veo hacer al Padre” (ver Juan 5:19). Hoy, el mismo grado de acceso al Padre que tenia Cristo, nos ha sido dado. Usted dirá: “Un momento, ¿yo tengo igual acceso al Padre que Jesús?”.

No se equivoque. Como Jesús, nosotros debemos orar con frecuencia y fervor, buscando a Dios, esperando en el Señor. No tenemos que escabullirnos para rogarle a Dios por fuerza y dirección, porque su mismo Espíritu vive en nosotros. Y el Espíritu Santo nos revela la mente y la voluntad del Padre.