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miércoles, 20 de diciembre de 2017

Un buen testimonio


Un buen testimonio

Algunos cristianos han adoptado una definición limitada de la palabra testimonio. Hablar de Jesús es mucho más que contar nuestra historia de conversión, o lo que ha hecho Dios en nuestra vida, aunque estas cosas son importantes. Tenemos que estar preparados para dar respuesta a los no creyentes en cuanto a su necesidad espiritual, aunque nuestra historia sea muy diferente.
El encuentro de Felipe con el eunuco etíope puede enseñarnos mucho. Mientras que los jóvenes israelitas tenían quienes les instruían en la fe, un converso extranjero normalmente tenía que arreglárselas por sí solo para discernir el significado de las Escrituras. De allí la pregunta: “¿Entiendes lo que lees?” Felipe demostró que entendía el inconveniente del etíope. Esa pregunta le permitió descubrir que el hombre tenía sed genuina de la verdad de Dios, pero que no sabía del Mesías.
Felipe utilizó esa información para ajustar el testimonio del evangelio a la medida de aquel oyente. Pensemos en lo confundido que pudo haber quedado el etíope si Felipe le hubiera contado solamente la historia de su conversión. El evangelista evitó sabiamente toda información irrelevante; en vez de eso, utilizó el poder de la Palabra de Dios para conducir al hombre a Jesucristo.
El testimonio de Felipe comenzó con el pasaje que estaba leyendo el etíope. Habló de manera efectiva al interés espiritual del hombre, al mismo tiempo que le respondió específicamente su pregunta en cuanto a Isaías 53. Nosotros, también, debemos ser sensibles a las preocupaciones de no creyentes, para que podamos explicarles cómo se ocupará Dios de sus necesidades.

martes, 10 de febrero de 2015

Devocional

Lectura 10 de Febrero  -   "Porque serás testigo suyo a todos los hombres, de lo que has visto y oído."
Hechos 22: 15.  

Pablo fue elegido para ver y oír al Señor que le hablaba desde el cielo. Esta elección divina fue un elevado privilegio para Pablo; pero no tenía el propósito de acabar allí, sino que tenía por propósito que ejerciera una influencia sobre otros; sí, sobre todos los hombres. Es a Pablo a quien Europa le debe el Evangelio en esta hora.  Nos corresponde a nosotros, en nuestra medida, ser testigos de aquello que el Señor nos ha revelado, y es a nuestro propio riesgo que ocultemos esa preciosa revelación.  Primero, hemos de ver y oír, pues de lo contrario no tendríamos nada que decir; pero cuando hayamos hecho eso, debemos estar ansiosos de dar nuestro testimonio. Ha de ser personal:"Serás" . Ha de ser por Cristo:"Serás testigo suyo ." Ha de ser constante y completamente absorbente; hemos de ser esto por encima de todas las otras cosas, y excluyendo muchas otras cosas. Nuestro testimonio no ha de ser para unos cuantos selectos que nos reciban alegremente; sino a"todos los hombres" , a todos los que podamos llegar, jóvenes o viejos, ricos o pobres, buenos o malos. No hemos de quedarnos callados nunca como esos que son poseídos por un espíritu mudo; pues el texto que está ante nosotros es una orden, y una promesa, y no debemos perderla:"Serás testigo suyo" ."Sois mis testigos, dice Jehová."  ¡Señor, cumple esta palabra para mí también! 

Enviado desde el Templo Cristiano Pasos de Fe
Av. Fermin Errea 1386
Mar del Plata - Argentina
E-mail : pasosdefe@hotmail.com.ar

jueves, 11 de abril de 2013

El predicador y la oración: LA PREDICACION DE LA LETRA VERSUS LA PREDICACION CRUCIFICADA



LA PREDICACION DE LA LETRA

VERSUS LA PREDICACION CRUCIFICADA

No creo que mis anhelos de avivamientos fueran ni de la mitad de fuertes de lo que deberían haber sido; y tampoco puedo entender que un pastor evite el estar en un continuo contacto ardiente con el Maestro y haciendo, de este modo, tanto daño a la Iglesia…
Edward Payson

Las más dulces gracias, por una ligera perversión, pueden llevar un muy amargo fruto. El sol da vida pero las insolaciones son mortales. Esto es, la predicación es para dar vida, pero puede matar. Y el predicador tiene las llaves; él puede cerrar tan bien como abrir.

Porque la predicación es la gran institución de Dios para la plantación y la maduración de la vida espiritual.

Cuando es correctamente ejecutada, sus beneficios son indecibles; pero cuando no, ningún mal puede excederle en sus resultados dañinos. Es un asunto fácil destruir el rebaño, si el pastor es imprevisor o el pastor es destruido; fácil capturar la ciudadela si el centinela se duerme o el alimento y el agua son envenenados…

Investido con tan favorables prerrogativas, expuesto a tan grandes males, implicando tan graves y múltiples responsabilidades, seria entonces una parodia en la astucia del diablo y un libelo en su carácter y reputación, si él no pusiera por obra sus principales  influencias para adulterar al predicador y su predicación. En presencia de todo esto, la pregunta exclamatoria de Pablo es:
“Y para todo esto, ¿Quién es suficiente?” (2 Cor. 2:16).

Luego añade:
“Nuestra suficiencia es de Dios; el cual así mismo nos hizo ministros suficientes de un nuevo pacto; no de la letra, mas del Espíritu; porque la letra mata, mas el espíritu vivifica” (2 Cor. 3:4-6).

Así, el verdadero ministerio es influenciado, capacitado y hecho por Dios. Y es que el Espíritu de Dios es en el predicador un poder de unción; el fruto del Espíritu esta en su corazón. Su predicación da vida, como la resurrección da vida; ardiente como en el verano y fructífera, como en el otoño…

Esta clase de predicador que da vida es un hombre de Dios, cuya alma siempre está siguiendo diligentemente los requerimientos divinos; y en quien, por el poder del Espíritu de Dios, la carne y el mundo han sido crucificados, y su ministerio es semejante al generoso flujo de un rio caudaloso.

Por el contrario, la predicación que mata es una predicación no espiritual. Fuentes inferiores que no son de Dios le han dado energía y estímulo. Tampoco el Espíritu es evidente en el predicador ni en su predicación. Muchas clases de fuerzas pueden ser proyectadas y estimuladas por la predicación que mata, pero éstas no son espirituales: son fuerzas fingidas y magnetizadas.

Esta predicación que mata pertenece a la letra; puede ser bella y metódica; pero aún es la letra, la árida, dura letra, cáscara desnuda, vacía. La letra puede tener el germen de la vida en ella, pero no tiene el alimento suficiente para evocarla. Es cimiento de invierno, tan duro como el terreno de invierno; tan helada como el aire de  invierno: no hay deshielo ni germinación para ella.

Puede incluso contener la verdad dentro de ella. Pero no es una verdad no vivificada por el Espíritu de Dios, que amortece tanto o más que el error; aunque se trate de la autentica verdad sin mezcla, sin el Espíritu, su sombra e influencia son mortales: su verdad, error, y su luz, tinieblas…

La predicación que mata es a menudo ortodoxa y dogmática, ¡Pues amamos la ortodoxia! Es el recto y claro corte de enseñanza de la Palabra de Dios; los trofeos obtenidos por la verdad en su conflicto en el error, los diques que la fe han levantado contra la honrada o descuidada inundación desoladora de creencias falsas o incredulidad. Pero la ortodoxia, clara y dura como el cristal, suspicaz y militante, no puede ser sino la letra bien arreglada, bien nombrada y bien aprendida: la letra que mata. Nada es tan mortal como una ortodoxia muerta, demasiado muerta para especular, demasiado muerta para pensar, para estudiar o para orar.

La predicación que mata puede tener conocimiento y alcance de principios, puede ser estudiada y crítica en gusto; iluminada por pensamientos filosóficos y trascendentales, examinada eruditamente como un abogado o para defender su caso. Y sin embargo, ser semejante al hielo homicida.

La predicación de la letra puede ser elocuente, esmaltada con poesía y la retorica, rociada con oración sazonada con la sensación y, no obstante, parecer a las hermosas flores que cubren el féretro de un cadáver. Bajo tal predicación, ¡Cuán amplia y total es la desolación! ¡Cuán profunda la muerte espiritual!

Esta predicación de la letra tiene que ver con la superficie y sombra de las cosas, y no con las cosas mismas. No penetra en la parte interior. No tiene profundo conocimiento interno, ni fuerte alcance de la vida escondida en la Palabra de Dios. Es verdad en apariencia, pero la apariencia es la cáscara, cáscara que tiene que ser rota y raspasada para obtener la almendra. Es una predicación sin unción, no sazonada ni oleada por el Espíritu.

Tal vez produzca lágrimas, lágrimas volátiles, como viento de verano sobre una montaña de nieve… quizás, cause sensación y ardor, pero será la emoción de un actor dramático.

Habría que preguntarse, entonces, de quien es la culpa de todo esto… ¡desde luego, no es de Dios! ¡La culpa está en el hombre! Más aún, ¡en el predicador! Este ha estado demasiado ocupado con su sermón, que no ha oído la canción de los serafines, ni ha visto la
visión de gloria, ni sentido el ímpetu de aquella sublime santidad, después de un absoluto abandono y desesperación, bajo la sensación de debilidad y de culpa; purgando e infamando por el carbón ardiendo del altar de Dios.

El predicador puede sentir desde el entusiasmo de su propio ardor pasajero, puede ser elocuente sobre su propia exégesis, ardiente en dar el producto de su cerebro; pero el brillo y centelleo serán tan estériles de vida como un campo sembrado de perlas… en alguna
parte, de todo inconsciente en sí mismo, algún don conductor espiritual ha atacado su ser interior y la corriente divina ha sido detenida, porque nunca ha sentido su completa bancarrota espiritual, su total impotencia; nunca ha aprendido a clamar con clamor inefable de desesperación, hasta que el poder de Dios y el fuego santo hayan descendido sobre él. La propia estima, perniciosa, ha difamado y violado el templo que debería haber sido mantenido sagrado para Dios.

Su ministerio puede atraer al pueblo hacia él, a la iglesia, a la forma y ceremonia; pero en verdad no atrae hacia Dios y no introduce a la dulce, santa, divina comunión, pero no edificada; agradada, pero no santificada. La vida es suprimida, hay un frio en el aire de verano; el estiércol es horneado. Finalmente, la cuidad de nuestro Dios viene a ser la cuidad de la muerte; la iglesia un cementerio, no un ejercito de batalla.

En efecto, el elemento del proceso de muerte esta detrás de las palabras, detrás del sermón, detrás de la ocasión, detrás del ademan, detrás de la acción. Y es que la predicación crucificada solamente puede venir de un hombre crucificado.

Un dato más: la predicación que mata es, sobre todo, predicación sin oración; mejor dicho; es oración profesional, que mata. Largas discursivas, secas y vacías suelen ser este tipo de oraciones en muchos púlpitos. Sin unción o corazón, ellas caen como un hielo
mortal sobre las gracias de adoración. Son oraciones que imparten muerte. Todo vestigio de devoción ha perecido bajo su aliento. Cuanto mas muertas son, mas largas se hacen.

Una suplica por la oración corta, viva, verdadera, nacida del corazón, oración por el Espíritu Santo directa, especifica, ardiente, simple, untuosa en el pulpito es, pues, el único antídoto contra la oración que mata. Y se necesita una escuela para enseñar a los
predicadores como orar, más que todas las escuelas teológicas juntas…

¡Alto! ¡Detengámonos y reflexionemos! ¿Dónde estamos? ¿Qué estamos haciendo?

¿Predicando para matar? ¿Acaso no deberíamos descartar para siempre la maldita predicación que mata y la predicación que mata, y hacerla una cosa real, la cosa más poderosa donada del Cielo a la Tierra, y traer los abiertos e inagotables tesoros de Dios para las necesidades y mendicidades del hombre?

Bosquejo Biblico de Samuel Vila: "Un Salmo de penitencia"



UN SALMO DE PENITENCIA
(Salmo 25)
1. Protección (vv. 1–5):
a) Confianza (vv. 1–3): ¿A quién más podríamos ir?
b) Enseñanza (vv. 4, 5).
No busca ni pide por su propio camino, sino que viene como un niño.

2. Paciencia (vv. 6–10):
a) Gracia (vv. 6, 7): el amor eterno de Dios es digno de toda nuestra confianza.
b) Guía (vv. 8–10): aprendemos no sólo sus verdades, sino también sus caminos.

3. Plenitud (vv. 11–13):
a) Perdón (v. 11): la verdadera penitencia ruega el perdón de Dios para glorificar su nombre.
b) Paz (vv. 12, 13): aquel que pone su confianza en Dios nunca será confundido.

4. Compañía (vv. 14–16):
a) Revelación (v. 14): Dios revela los secretos de Su amor a Sus propios hijos.
b) Rescate (vv. 15, 16): es posible que Dios no nos libre siempre de las trampas que nos tienden, pero sí nos dará la liberación final.

5. Poder (vv. 21, 22): Él nos sacará triunfantes de cada prueba.

miércoles, 27 de marzo de 2013

El predicador y la oración: La casa de Dios



LA CASA DE DIOS

La Iglesia, determina a la adquisición del poder temporal, casi ha abandonado sus deberes espirituales. Y su imperio, el cual descansa sobre fundamentos espirituales, se va desmenuzando con su caída, amenazando con pasar de largo como una visión que no tiene sustancia.                                                                                                                                       Lea´s Inquisition



La oración se relacio9na con lugares, épocas, ocasiones y con circunstancias. Tiene que ver con Dios y con todo aquello que este relacionado con Él. Pero también esta íntima y especialmente relacionada con su casa: a saber, La Iglesia, un lugar sagrado, apartado para adorar a Dios y predicar su Palabra. Si, la oración tiene un lugar preponderante en la Casa de Dios.
Allí Dios se encuentra con su pueblo y se deleita en la adoración de sus santos. No es, pues, un lugar común…
Nuestro Señor puso un énfasis peculiar sobre lo que es la Iglesia cuando echó a los mercaderes del Templo, repitiendo las palabras de Isaías:
“¿no esta escrito: Mi casa será llamada casa de oración para todas las naciones? Mas vosotros la habéis hecho cueva de ladrones.” (Mr. 11:17).
Así, aquellos que descuidan hoy también la oración y buscan minimizarla, dándole un lugar secundario, pervierten la Iglesia de Dios. Porque la oración pertenece a la Casa de Dios, donde tiene sus derechos divinos.
Es más, la vida, el poder y la gloria de la Iglesia es la oración. Esta hace que el mismo edificio se convierta en un santuario, algo separado en espíritu y en propósito, diferente en todo a cualquier otro edificio.
Así sucedía con el Tabernáculo, el cual aun siendo movido de sitio en sitio, era santo porque allí moraba la presencia de Dios.
Sin oración, una Iglesia viene a ser entonces como un cuerpo sin espíritu, algo muerto e inanimado. Podrá tener un hermoso y un costoso edificio, con todos los adelantos y comodidades, pero si en su seno carece de oración, será fría y yerta.

Por consiguiente, puesto que la Casa de Dios es una Casa de Oración, la intención divina es que su pueblo deje sus hogares y vaya a encontrarse con Él en su propia Casa.
Dios ha hecho promesa especial de encontrarse con su pueblo allí, y el deber de todo creyente es acudir a la Iglesia para ese fin específico.
De hecho la oración debería ser la principal atracción para los creyentes espirituales, los demás lugares, aunque no todos pecaminosos o malos, son seculares y humanos, y no tienen una concepción especial de Dios con ellos. Pero la Iglesia es esencialmente espiritual y divina. Lo que se hace en otros lugares es hecho sin especial referencia a Dios, mientras que en la Iglesia, Dios es reconocido, invocado y adorado. La oración es, en definitiva, la marca distintiva de la Casa de Dios, el lugar sagrado en donde los creyentes fieles se encuentran con su Señor.
La oración debe de tomar parte en cada una de las actividades que se llevan a cabo en la Iglesia y de su templo; siendo una de sus importantísimas funciones la de crear y educar a la gente de oración, hombre y mujeres santos que pasen largo tiempo sobre sus rodillas.
Cualquier Iglesia que se llame Casa de Dios y que no dé a la oración un lugar prominente en sus actividades y que no enseñe las grandes lecciones que la Escritura contiene sobre ella, debería ajustarse inmediatamente al patrón y guía divina o cambiar el nombre de su edificio.
El hallazgo del libro de la ley dado a Moisés supuso algo sin precedentes en la historia de Israel. Cuando fue llevado a Josías, éste rasgó sus vestidos y se afligió en gran manera por el abandono que había existido en su reino con respecto a la Palabra de Dios, cuyo resultado natural había sido irremediablemente la iniquidad que abundaba por toda la Tierra.
Entonces, Josías pensó en Dios, y mandó a Hilcías, el sacerdote, a que fuera e inquiriera acerca de lo hallado. ¡Un abandono de la Palabra de Dios era demasiado serio para ser tratado livianamente! Toda la nación, sin duda, debía de mostrar un sincero arrepentimiento. Y éstas fueron las palabras de este fiel rey:
“andad, consultad a Jehová por mi y por el remanente de Israel y de Judá acerca de las palabras de l libro que se ha hallado; porque grande es la ira de Jehová que ha caído sobre nosotros, por cuanto nuestros padres no guardaron la Palabra de Jehová, para hacer conforme a todo lo que esta escrito en este libro” (2 Cro 34:21).
Pero esto no fue todo… Josías promovió un avivamiento dentro de su reinado; de modo que le encontramos reuniendo a todos los ancianos de Jerusalén y a los ancianos de Judá para llevar a cabo tal propósito.
Una vez reunidos, el rey entro en la Casa del Señor y leyó las palabras del libro del Pacto que fue encontrado en la Casa del Señor.

Gracias a este rey justo, la Palabra de Dios tomó una importancia relevante. Josías la estimó de tal manera que consultó a Dios en la oración sobre su propia Palabra, y se cuido de instruir a la gente que le rodeaba sobre las maravillas de su contenido.
Asimismo, cuando Esdras volvió de Babilonia y buscaba la restauración de su nación, todo el pueblo se reunió como un solo hombre en la plaza que estaba delante de la Puerta de las aguas;
“… y dijeron a Esdras, el escriba, que trajese el libro de la ley de Moisés, el cual había dado a Israel. Y el sacerdote Esdras trajo la ley delante de la congregación, así de hombres como de mujeres y de todos de los que podían entender, el primer día del mes séptimo. Y leyó en el libro delante de la plaza que esta delante de la puerta de las Aguas, desde el alba hasta el mediodía, en presencias de hombres y mujeres y de todos los que podían entender; y los oídos de todo el pueblo estaban atentos al libro de la Ley” (Neh. 8:1-3).
¡Este fue el gran día de la lectura de la Palabra de Dios en Judá! Un verdadero avivamiento; los líderes leían la Ley delante de el pueblo, cuyos oídos estaban atentos a lo que Dios tenía que decirles. Pero no solo fue un día de lectura de las Escrituras; fue también un tiempo de predicación de la Palabra, así como lo indica el siguiente pasaje:
“y leían en el libro de la Ley de Dios claramente, y ponían el sentido, de modo que entendiesen la lectura” (Neh. 8:8)
He aquí la definición escritural dela predicación: leer la Palabra de Dios de modo que la gente pueda oír y entender las palabras, no desviándonos de su contenido. Esta es la clase de predicación que necesitamos hoy día, una predicación clara y expositora, para que la Palabra de Dios pueda tener efecto en los corazones.
Es cierto que la predicación tópica, polémica, histórica y otras formas de sermones tienen sus usos en determinados momentos. Pero la predicación expositora, aquella que nos da a entender claramente el contenido de la Palabra de Dios, es la numero uno por excelencia.
Sin embargo, para lograr un fin exitoso, el predicador necesita ser un hombre de oración. Por cada hora que pase estudiando su mensaje, deberá estar dos horas de rodillas en oración. Por cada hora que dedique a un pasaje oscuro de la Escritura, habrá de estar dos a solas con su Señor. Y es que la oración y la predicación no pueden permanecer separadas…

martes, 26 de marzo de 2013

Bosquejo Biblico de Samuel Vila: La sed del alma



LA SED DEL ALMA
(Salmo 63)

1. Súplica (vv. 1, 2):
a) Comunión (v. 1): no todas las almas que están sedientas buscan a Dios. Cuando decimos, «Tú eres mi Dios», entonces sí deseamos Su presencia.
b) Consuelo (vv. 2): cuando el alma busca a Dios, nunca encuentra temor, sino siempre consuelo y confortamiento.

2. Contentamiento (vv. 3–6):
a) Dedicación (v. 3): «Porque donde está vuestro tesoro, allí estará también vuestro corazón». (Lc. 12:34). Una dedicación total moldea el juicio y controla los deseos.
b) Acción de gracias (vs. 4–6): un Dios tan inmensamente bueno que satisface los profundos deseos del alma, es digno de toda alabanza.

3. Convicción (vv. 7, 8):
a) Escudo (v. 7): ¡Tal vez el «Shekinah» estaba en la mente del autor de este salmo! Es el cántico de un alma satisfecha que halla su escudo en Dios.
b) Sostenimiento (v. 8): el alma tiene profundos anhelos de Dios y siente que está segura en los brazos eternos.

4. Confianza (vv. 9–11):
a) Castigo (vv. 9, 10): un declive extraño, al parecer, pero está dicho en un sentido que expresa confianza, y no un sentir vindicativo. Es la seguridad que ha de triunfar la justicia.
b) Propiedad (v. 11): el salmista no se regocija por lo tanto en la caída del enemigo, sino en Dios quien trae gloria al corazón honesto.